Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 1, Opinión
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Los trajes Gurtel

Por José Antequera / Ilustración: Adrián Palmas

Leo una noticia que dice así: once trajes, cuatro americanas, dos abrigos y un pantalón regalados por la trama Gurtel a conocidos políticos valencianos acaban en un contenedor de ropa reciclada. Hete aquí, pues, un signo de los tiempos decadentes que vivimos; hete aquí un símbolo perfecto de la España negra, de la España nuestra, que hasta hace un rato ha sido gobernada por cuatro trincotrileros, un par de butroneros y un robaperas de tres al cuarto. A uno le parece una gran medida que los trajes Gurtel se reciclen y sean aprovechados por otros menesterosos, qué quieren que les diga. Con la que está cayendo, con el país viviendo en la miseria walking dead, esos trajes malditos pero ilustres deben rescatarse, desempolvarse, adecentarse y donarse a la gente lumpen, como quien dona su cerebro a la ciencia después de muerto. Si del sucio estiércol nace una bella flor, de la corrupción brota la caridad, y con uno de esos trajes suntuosos un parado se abre camino en la vida seguro. Con una de esas americanas de corte Armani un paria de la famélica legión sube como la espuma y a poco que se esmere un poco lo hacen director general de un banco, subsecretario, ministro de algo, de alguna cosa, que para un traje caro y con historia siempre hay un carguete en cualquier covachuela ministerial. Un traje Gurtel da más poder que el traje de Superman; un traje Gurtel abre muchas puertas giratorias, y con uno de esos esmóquines millonarios se entra en la política y luego se sale para tomar un café y al poco se vuelve a entrar en Iberdrola o en Endesa, y vuelta a empezar, qué mareo de puerta giratoria, oyes.

Un buen traje Gurtel, un trajaco de esos de seda oriental, en esta España pobre, vieja y triste es un pasaporte seguro para Bruselas y que tiemble Arias Cañete, que ya no le entra el traje por los pies, por lo grueso y tripudo. Yo trajes tengo uno y me sobran, el de los domingos mayormente, qué pasa, y no me lo pongo nunca, que me tira de la sisa, pero ya daría yo un brazo por tener un traje Gurtel de esos que me abriera el portón del éxito, el umbral del dinero y la fama, la llave de las Islas Caimán y la sucia Suiza. Un parado español se conforma con bien poco, ya no pide el traje Chesterfield/Capone de Bárcenas color beig con cuello aterciopelado, que eso son palabras mayores, pero dele usted uno de esos trajecillos Gurtel ahora desahuciados y reciclados, un traje aunque sea de talla en B, y verá cómo va para arriba el pobre. Bárcenas ahora lleva más el traje de cebra, primavera verano en Soto del Real, y como no le pasen bajo manga un póster de Rita Hayworth para darse el piro por el túnel se come él solito la cadena perpetua en nombre de los imputados del PP. Todo hombre necesita un traje como todo vaquero necesita un caballo y así se entabla la dialéctica histórica hombre/traje, un diálogo que en el mundo capitalista sitúa a cada cual en su estatus social. Mario Conde, un suponer, no hubiera sido nadie de no haber sido por aquellos trajes de piel de lobo con el que se trajinaba a sus caperucitas sociatas. Para triunfar, para ser cool, para llegar a auténtico guante blanco (y España ya no es país de conejos, es país de gánsters) lo primero hay que agenciarse un traje Gurtel, por eso denuncio yo aquí que se puedan tirar a la basura trajes antaño tan codiciados y codiciosos, por eso denuncio yo el exterminio del traje Gurtel, que ahora es como el lince ibérico y nadie quiere saber de esas prendas inocentes con las hombreras sucias de pleitos, pachuli y pelos de bigote. Uno en la vida puede caminar por la senda del perdedor, como decía Bukowski, pero siempre dentro de un buen traje, faltaría más, que luego uno parece un tolondrón, un triste, y ya lo ha dicho Rajoy: alegría, alegría, no seamos cenizos con tanto hablar de la crisis. Tú regalas diez trajes Gurtel a diez parásitos de la sociedad, como dice Mónica Oriol, y el paro pega un bajón de diez personas, a ver si no, todo un éxito macroeconómico para el Gobierno.

En España, el perro no es el mejor amigo del hombre, es el traje, porque un buen traje esconde un mal linaje, dice el proverbio castellano aquel que no sé ahora mismo dónde lo habré escuchado. El traje es la segunda piel de un caballero, denota muchas veces al hombre, nos enseña Shakespeare, y Blesa sabe mucho del bien trincar y del buen vestir, tiene percha el gentleman para su edad, un madurito resultón en el safari del amor, aunque yo le recomiendo que cambie el paño Pierre Cardin por el chándal deportivo para ese footing mañanero (con caza al hombre) al que le invitan a diario los preferentistas estafados y cabreados. Esos trajes Gurtel, por favor, que se los den a los pobres ya. Y que vayan haciendo carrera a pelotazos.

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