Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 4, Opinión
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Los otros

Por José Antequera / Ilustración:  Adrián Palmas

En el mundo somos más de siete mil millones de personas, sujeto arriba, sujeto abajo. Teniendo en cuenta que un humano sano produce 1.500 espermatozoides por segundo, con este material genético tardaría solo un par de meses en generar la actual población mundial. El mismo humano podría repoblar más de cuatrocientas Tierras con el semen que fabrica desde la adolescencia hasta la muerte. Quiere uno decir que aquí sobra gente, que somos muchos, quizá demasiados en este castigado planeta azul que nos hemos empeñado en aniquilar a base de humos homicidas, basura capitalista y aerosoles para los sobacos.

Somos la especie que más se reproduce (más incluso que los conejos) y hemos hecho de la Tierra un inmenso hormiguero voraz, ávido, caníbal. Para el Vaticano, sin embargo, parece que aún somos pocos en el planeta, y desde Adán y Eva nos sigue arengando con aquello del multiplicaos, poblad la Tierra. Ahora al Papa Francisco le ha dado con que los curas y las monjas se casen, una muestra de buena voluntad en la línea del progresismo, sin duda, pero una idea de lo más inoportuna que aumentará gravemente el problema demográfico. Curas y monjas numerosos formando familias numerosas por ahí: ¡lo que le faltaba a la humanidad!

Pero, con ser grave el problema de la superpoblación, que lo es, no estamos ante el quid de la cuestión. El asunto es que millones de mujeres africanas desérticas, millones de mujeres árabes de burka y harén, millones de asiáticas y amerindias paupérrimas, millones y millones de chinas planificadas quinquenalmente y quinquinalmente por Mao, son empreñadas cada día por el dólar ciego, por la ambición del hombre blanco, por el gran falo capitalista. El Tercer Mundo da a luz a los desechos humanos de Wall Street, a la chatarra humana que le sobra a la General Motors, a la OPEP, a Microsoft, a los niños Copperfield que entierran su infancia cosiendo balones de fútbol en Bombay, sacando diamantes de sangre en las minas del Congo o trasegando coca en la favelas de Barranquilla. Pero ocurre que millones de gamines de todo el mundo ven a Leo Messi y a Cristiano Ronaldo por la televisión, aunque sea televisor en blanco y negro, y luego tienen la mala costumbre de crecer y querer ser como ellos y deciden superar la miseria étnica impuesta por Occidente y se juegan la vida, la poca vida que les queda, en la ruleta rusa de la patera. Verlos atrapados como moscas en la valla de Melilla, telaraña de infamia, produce asco y espanto. Somos más estúpidos de lo que creíamos si pensamos que levantando muros con espinas podremos detener a un ser humano con hambre. Alguien hambriento es capaz de volar el mundo por los aires si así consigue un mendrugo de pan para sus hijos.

Occidente desprecia la cultura africana pero ¿qué hubiera sido de la literatura universal si Edgar Allan Poe no se hubiera empapado de aquellos cuentos de terror en los barracones de los esclavos negros? Todos somos esencialmente africanos, el homo sapiens nació en una charca de Etiopía, para que ahora Felipe González, el decadente Copito de Nieve del socialismo español, llame despectivamente bolivariano a Pablo Iglesias, lo cual que el viejo ex presidente da por bueno y por asumido que hay una Bolivia subterránea en España, un trasunto del tercer mundo en nuestro país. Es cierto que Felipe nos trajo la cartilla del seguro, además de mucho AVE, mucha EXPO y mucha OTAN, o sea mucha sigla internacional para nada, bueno sí, para fomentar las nuevas fortunas heráldicas hispanas, pero de aquellos polvos estos lodos y de socialista al ex presidente ya solo le queda el carné amarilleado por el tiempo (y ni eso, que en el consejo de administración de Gas Natural no te lo piden al pasar por el aro). Tenemos un Tercer Mundo que se nos viene encima porque toda esa gente, toda esa duna humana pobre y estéril ha sido, durante siglos, pasto para el monstruo de Occidente, y por eso hay hindúes vendiendo rosas en las calles de Londres, fontaneros polacos en Berlín, mamis, mucamas y chachas peruanitas en Madrid, y en ese plan. París tiene a los gitanos que quedan muy típicos en el barrio latino. Aunque al paso que vamos, Le Pen, esa tiorra, los barre como a la mugre y los larga del país en un plis plas. Anda que no.

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