Alaminos, Cipriano Torres, Humor Gráfico, Número 4, Opinión
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La yincana de Kolo

Por Cipriano Torres / Ilustración: Jorge Alaminos

–Mamá, mamá, es Kolo Touré, gritó el niño pequeño.

–¿Dónde?, preguntó la madre, dejando de machacar el ñame para el fufú en el mortero de madera.

–En la tele –dijo el niño con los ojos espantados sin moverse.

La madre se desmayó en el patio de tierra entre visiones borrosas de su hijo tal como iba vestido el día que abandonó Abrunamue, su pueblo, desde el que cruzó aquella noche la frontera con Ghana borrada por árboles gigantes y maleza saludable desde Costa de Marfil. Kolo Touré tenía entonces 17 años, ganas de ayudar a su familia, y amigos en Yamatwa, el pueblecito ghanés desde el que partirían los jóvenes de ambos países en una travesía que los llevaría a Burkina Faso, Mali, las estribaciones del desierto insondable de Mauritania antes de llegar a Nuakchot, y luego, engañados por quienes les prometieron el último y definitivo tramo en barcaza hasta Canarias, la ruta más extraña que las mafias de criaturas desesperadas hicieran atravesando Marruecos al abandonarlos a su suerte en los montes colindantes con Melilla, al fondo, un ascua por la noche que hace aún más dolorosa la partida y el engaño por tener tan cerca y tan lejos el sueño que ni un día dejó de sentir Kolo Touré.

Rafael Barrios y Susana Entrena salieron de Almería a Nador en el barco de la noche enviados por su cadena de televisión, que preparaba un reportaje sobre las condiciones de vida de los africanos asentados en suelo marroquí para emitir en los informativos. Desde Nador, descartando el taxi colectivo, los reporteros alquilaron uno para que les sirviera las veinticuatro horas. Tuvieron suerte. Abdul, el conductor, había nacido en Beni Anzar y conocía la zona, sus gentes, y el lado claro y oscuro de un lugar tan vivo como la frontera con Melilla, por la que se movía con respetada autoridad. Entendió a la primera lo que querían. Y los llevó al monte Gurugú, a los caminillos bordados por los jóvenes africanos que iban y venían, subiendo y bajando, en busca de pan, agua, ropa, enseres que les ayudaran a montar entre la maleza, al cobijo de rocas y árboles, algo parecido a un hogar mientras decidían cuándo, cómo, y quién lo intentaría este u otro amanecer. Sería hoy. Y Kolo Touré, después de cuatro años desde que salió de Costa de Marfil, intentaría saltar la valla y pasar a Melilla.

Los reporteros se perdieron por uno de los caminos que festoneaban los montes y Abdul, el taxista, volvió a Nador esperando su llamada para recogerlos de nuevo y devolverlos al puerto con el reportaje acabado. Susana y Rafael convencieron a los chicos para que les dejaran grabar el salto desde la parte marroquí, algo nunca visto, prometiendo no interferir ni molestar porque eran conscientes de que unos se jugaban el futuro, quizá la vida, y ellos sólo estaban trabajando. Al amanecer, cuando las luces de Melilla empezaban a apagarse y de los poblados marroquíes llegaba el aire fresco con sonidos de gallos y perros, el numeroso grupo empezó a bajar por la falda del monte en un silencio tenso y desperdigado en una estrategia casi militar. Allí estaba la valla. Más grande de lo esperado. Enorme. Desafiante. Fiera. De las cuchillas que la coronaban salían los primeros rayos de sol de aquel día que de repente se convirtió en un festín de voces, lamentos, caídas, empujones, temblores, miedos, y gritos que el terror y el dolor convertían en un espectáculo atroz que parecía no tener fin.

Un primer plano de Kolo Touré lo mostró con la mirada roja y perdida, un pelele fracasado colgando en girones de la valla. Kolo Touré vio en la neblina de la agonía cómo sus amigos conseguían terminar la yincana que iniciaron juntos en Ghana mientras él desangraba sus 21 años recién cumplidos sin poder moverse de aquella última trampa que le estaba desgarrando el vientre, notando que el vigor de su cuerpo se rendía y apenas le quedaba fuerza para recordar a sus hermanos, a su madre, que antes de desmayarse en el patio de tierra de su casa mientras machacaba el ñame del fufú, entendió el pellizco que notó hace un par de días en el corazón, justo en el momento en que su hijo se había ido para siempre y ahora la televisión se lo devolvía de la peor manera imaginada.

El ministro del Interior, con un revuelo de cámaras, visitó la zona a los pocos días desde el lado español. Cuando le pasaron un resumen de las imágenes, torció el gesto y movió la cabeza al verse de perfil.

–Tengo que encomendarme a la Virgen para que me dé fuerzas a ver si con esta dieta me quito esa barriga. Así no puedo seguir.

En Villanueva Mesía, Granada.

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