Editoriales, Humor Gráfico, Jordi Marquina, Número 3
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La encrucijada de Europa

Gurb

Editorial

23 de mayo de 2014. “Nuestra aspiración hoy (…) es integrarnos con todos ustedes, con todos los europeos, en una construcción común y solidaria que sobrepasa nuestras fronteras, pero que afecta, fundamentalmente, al destino histórico de España”. Estas efusivas palabras, tan abiertamente europeístas, fueron pronunciadas en 1984 por el entonces presidente del Gobierno español, Felipe González, durante el Congreso del SPD alemán. Felipe no hacía sino trasladar las aspiraciones legítimas de un país que luchaba por integrarse en la comunidad europea, un escenario político que se nos había negado durante cuarenta años de dictadura.

Corrían los felices ochenta y los españoles, en su inmensa mayoría, deseaban participar del ansiado proyecto común europeo, un proyecto que iba a devolver al país a la modernidad, la prosperidad económica y la normalidad democrática. Hoy, tres décadas después, el sueño de la UE parece haberse desvanecido para siempre y la opinión pública es cada vez más euroescéptica. Los últimos sondeos hablan de casi un 60 por ciento de abstención en los comicios del próximo domingo, lo que pone en evidencia que Europa interesa cada vez menos a los españoles. En un país con seis millones de parados y el hambre barriendo por las calles, el Parlamento europeo se ve como algo lejano, etéreo, como mucho un apartado cementerio de dinosaurios al que van a morir políticos en su ocaso dorado como Arias Cañete, quien por otra parte no ha aportado ni una sola propuesta ilusionante para el electorado en toda la campaña, y que se ha limitado a hacer escandalosas declaraciones machistas como eje de su programa electoral. Los recortes económicos y de derechos ordenados por la Alemania de Angela Merkel, la crisis de credibilidad de las instituciones parlamentarias europeas, el poder de las elites financieras que se imponen a las decisiones políticas de Bruselas, la corrupción, el avance del nacionalismo (cuando no de los partidos xenófobos e incluso abiertamente fascistas) y la lentitud en el camino hacia una mayor unidad política han pulverizado el sueño de una Europa unida que una vez alumbrara Kant. El camino hacia la Europa de los pueblos se ha visto definitivamente truncado y se ha impuesto la realidad negra y aterradora de la Europa de los mercados, con el consiguiente sacrificio de la población en favor de las directrices neoliberales del Bundesbank y el paulatino desmantelamiento del Estado de Bienestar. Todo esto ocurre mientras los partidos que propugnan enterrar la UE, cerrar fronteras a la libre circulación de personas y retrotraer la situación a los años treinta del siglo pasado ganan terreno en países como Francia, Reino Unido, Grecia y Holanda, entre otros. ¿Qué quedó pues de la cultura europea, de los valores humanistas europeos, de la Justicia social, el progreso y la democracia europea nacida en la antigua Grecia hace dos mil quinientos años? Hoy, más que nunca, Europa parece haberse quedado en una oficina librecambista llena de burócratas adocenados donde lo único que importa es salvar el euro, esa moneda tan rentable para las clases privilegiadas dominantes pero tan costosa para la población europea en general. Una vez más se trata de salvar el dinero mientras el ciudadano, sobre todo el de los países mediterráneos a los que Berlín tilda despectivamente de PIGS, ve cómo malvive con una pensión raquítica, una prestación por desempleo escuálida, una sanidad cada vez más mermada y una educación de peor calidad.

Ante este panorama, Europa, la vieja Europa, se encuentra probablemente ante las elecciones más decisivas de su Historia. Nunca antes la crisis económica, institucional y social habían sacudido con tal virulencia los pilares de la Unión. Es quizá el momento más delicado, la hora más comprometida para el viejo continente desde la Segunda Guerra Mundial. La UE debe decidir entre caminar hacia la Europa del ciudadano o seguir incidiendo, pertinazmente, obcecadamente, en sus políticas neoliberales de austeridad que no llevarán más que al suicidio económico y a causar mayores sacrificios a la población. Europa solo se salvará si da un paso adelante y opta por anteponer los intereses de las personas a los intereses de la macroeconomía y de las grandes multinacionales. Bruselas debería dirigir su nunca terminada construcción política y social hacia la Europa de los Pueblos, un espacio común donde los ciudadanos se sientan integrados y cuenten con más oportunidades de futuro. Es hora de más socialdemocracia, más Estado de Bienestar, más unidad política, más política exterior común, más instituciones ágiles y cercanas al pueblo capaces de resolver los problemas. Es hora, en fin, de más Europa.

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