Adrián Palmas, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 3, Opinión
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La armadura

Por José Antequera / Ilustración: Adrián Palmas

A estas alturas de la romería, ya podemos decir que Arias Cañete era el peor santo que podría haber sacado a pasear la derechona para ganar las elecciones europeas. Y lo es por varias razones. Primero porque el hombre no quería, estaba como desganado, inapetente, frígido, él andaba en sus cosas agropecuarias y eso, y debió pensar que ir a Bruselas, ir pa na, era tontería. En segundo lugar porque es un espécimen de primate sin evolucionar, un cacho de fósil de carne con ojos, y ya se sabe que a estos les sale la vena macho a poco que se calientan (la prensa europea avanzada y hasta la otra ya lo conoce como Homo Cañetus, un primo del antecesor, de modo que venga Arsuaga a analizar al bicho). Y en tercer lugar porque el tipo no tiene carisma, ni preparación alguna, ni da la talla para batirse el cobre con los próceres de la cátedra de Bruselas. De modo que, se mire por donde se mire, ha sido un error, señor Mariano.

Por si fuera poco, Cañete tiene mala fama, fama de bon vivant, y en Madrid, cuando va por la calle, se le confunde en los andares con las gordas mudas de Botero, que es que por Madrid no puede uno andar sin darse de bruces con una de esas tallas voluminosas. A Cañete lo pones de estatua y pasa desapercibido o lo confundes con un fotomatón (por lo grande y quieto mayormente) o con uno de esos mimos hieráticos disfrazados y ambulantes que nunca dicen nada pero que siempre andan a la caza de tu pobre calderilla. No nos engañemos. Cañete es un mueble viejo que molestaba en Génova, un arcón de roble podrido de dos por dos, y por eso se le hace la mudanza rápida con los Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, y a otra cosa. Las grandes aristocracias de la derecha, las familias biuti de verdad, no estos nuevos ricos barcenianos que han pegado el sartenazo sin ningún estilo, se lo montan muy bien cuando tienen que largar al primo de sangre estéril que ya va molestando. De eso sabía mucho Lampedusa y lo dejó muy bien escrito en El Gatopardo (véase Visconti). Los príncipes dorados de la derecha europea no se manchan las manos con ceses sangrientos, ni dimisiones violentas, ni broncas navajeras de despacho. Cuando hay que darle la boleta al familiar infecundo se le compra un billete de avión y al balneario de Bruselas, a la Montaña Mágica, como en el novelón de Mann, y el sujeto se va tan contento de baños con barro, sales y bombones de Brujas.

No sabemos si Cañete tendrá tiempo para tumbarse en la chaise-longue, como hacía Hans Castorp en La Montaña Mágica, pero seguro que para echarse un frankfurt y una rubia belga al gañote siempre hay un rato. Lo malo que tiene ser político en Bruselas es que el tiempo pasa lentamente, ociosamente, y se ve crecer el césped de los jardines de la Reina Fabiola y se ven crecer los árboles belgas con sus florecillas y se ve cómo crecen los polluelos de las palomas, pío, pío, y van pasando los días y los meses y los años, y el político se va haciendo viejo (aún más) hasta que al final se retira (o lo retiran como un muñeco de cera) y luego estira la pata y lo embalsaman con honores de Estado y sigue de parlamentario europeo, porque eso sí, un parlamentario europeo no renuncia ni después de muerto al escaño ni a la dieta, que Cañete ahora está a dietas, que no a plan. En la Eurocámara la verdad es que nunca hay demasiado trabajo y el ritmo de crecimiento de la cuenta corriente del diputado siempre es mayor que la tarea diaria, lo cual acaba siendo un latazo porque Suiza está muy lejos para ir al cajero por la mañana. Cañete es un tipo más bien aburrido, un soso, un gris, pero qué más da si los europeos están tan lejos de Bruselas y no digamos los españoles, esos están al sur de los Pirineos, en el quinto coño, y ya se sabe que de ahí para abajo todo es África.

A Cañete se lo han llevado a Europa como cuando esas familias de rango y nobleza se mudaban de castillo y se llevaban los escudos heráldicos, los tapices, las lámparas de araña, las arañas, los arcos góticos, los candelabros, la cubertería de oro, los arcones, los fantasmas y las armaduras. Cañete es una armadura oxidada, ortopédica, decadente.

Yo no sé cómo puede ser tan machista una armadura.

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