Editoriales, Humor Gráfico, Ivanper, Jordi Marquina, Número 4
Deje un comentario

Inmigración, xenofobia, racismo

Ilustración: Jordi Marquina, Ivanper

Gurb

Editorial

30 de mayo de 2014. Cientos de inmigrantes siguen llegando a España cada día, de forma clandestina, en un flujo incesante, imparable, arrollador. Llegan por tierra, saltando la valla de Melilla; por mar en pateras, tras caer en manos de las mafias sin escrúpulos; por aire, sorteando los férreos controles de inmigración de los aeropuertos. Nadie les puede parar. Muchos se han jurado a sí mismos que llegarán a Europa o morirán en el intento, lo cual da una idea clara de las duras condiciones de vida que dejan atrás, en sus países de origen. La mayoría busca en España una especie de El Dorado que nunca existió y nada más poner pie en nuestro país caen en el drama de la explotación laboral, la falta de documentación o de vivienda, el desempleo, la marginación en guetos y la pobreza. Ante esta avalancha humana, Europa, la vieja y decadente Europa, reacciona levantando muros de insolidaridad, aumentando la vigilancia policial en las fronteras y anunciando nuevas políticas de expulsión masiva o de restricción de derechos, como propone Marine Le Pen, la líder del partido francés Frente Nacional, avanzadilla del ultranacionalismo xenófobo europeo.

Francia se deja seducir por el racismo y el gobierno alemán, por ejemplo, ya ha avisado de que limitará el acceso de los inmigrantes a las prestaciones sociales y que restringirá los permisos de residencia en el país con el objetivo de evitar el fraude, ante el temor de que aumente de forma importante la llegada de ciudadanos rumanos y búlgaros. Un fantasma viejo, el fantasma del racismo que llevó al desastre a la Alemania nazi y con ella a todo el continente, parece haber resucitado.

En España los partidos xenófobos logran escasa representación (Falange Española de las JONS, el más activo, apenas ha obtenido veinte mil votos en las pasadas europeas) pero el desprecio al extranjero es palpable cada día. Tal es el caso de Josu Bergara, alcalde del PNV de Sestao, quien recientemente definió a los inmigrantes como “mierda”. Así de crudo. Y no lo hizo en un comentario privado entre amigos, sino en el mismo ayuntamiento, en la casa del pueblo, ante los responsables de varias inmobiliarias. “¿Por qué han venido a Sestao? Porque no les quiere nadie. Y la mierda a Sestao. Pues no. La mierda ya no viene a Sestao. La echo yo. Y ya me encargo yo de que se vayan a base de hostias, claro”, dijo Bergara quien, después de soltar semejante burrada, pidió disculpas en rueda de prensa. La xenofobia del alcalde de Sestao no es un caso aislado ni excepcional; es una opinión extendida en ciertos sectores de la sociedad española. Durante el último partido de fútbol que enfrentó al Villarreal y al Barcelona, al jugador barcelonista Dani Alves le arrojaron un plátano desde la grada. Al ver la banana, el internacional brasileño decidió recogerla y darle un sabroso bocado, en un valiente acto de rebeldía contra el racismo que tuvo repercusión a nivel internacional. “Llevo 11 años en España y durante este tiempo siempre lo mismo. Hay que tomárselo así. Hay que reírse y tomarse en broma lo que hacen estos retrasados”, dijo Alves a la finalización del partido refiriéndose a los insultos y a los gritos de mono que tiene que soportar, domingo tras domingo, en los estadios de la mayoría de las ciudades del país.

Viñeta: Ivanper

Viñeta: Ivanper

¿Es pues la sociedad española racista? ¿Puede suceder en España, algún día, que un partido abiertamente xenófobo ascienda al poder de forma meteórica, como acaba de ocurrir con el Frente Nacional de Le Pen? ¿Quién no ha escuchado en un taxi, en un bar o en la calle a alguien que se queja de que los extranjeros le roban el trabajo a los españoles? Todavía tenemos frescos en la memoria aquellos tristes sucesos de El Ejido, año 2000, cuando parte de la población de esta localidad almeriense salió a la calle y emprendió, tras una inusitada explosión racista, una violenta caza al inmigrante, en lo que fue el mayor linchamiento masivo de extranjeros ocurrido en la España contemporánea. Y cada cierto tiempo no faltan declaraciones extemporáneas de responsables políticos, a quienes con demasiada frecuencia se les ve el plumero de la xenofobia. Unas veces es el concejal de tuno al que se le escapan unos cuantos chistes racistas por twitter; otras es esa plataforma política catalana detestable que lleva en su programa político el boicot a los negocios de los extranjeros en Cataluña; y hasta el mismísimo presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, coqueteó en sus años de juventud con teorías racistas difícilmente defendibles en algunos de sus artículos periodísticos.

España, nos guste o no, tiene un problema de xenofobia solapada (y no tan solapada) que no ha sabido resolver. Puede que aún no estemos al nivel vergonzoso de esos miles de franceses que votan ya, sin complejos, al Frente Nacional, pero todo se andará si no se corrigen determinadas conductas peligrosas. El racismo es una enfermedad de nuestro tiempo que se cura viajando, parafraseando al filósofo aquel, pero que también se ataja con políticas educativas que potencien los valores de la igualdad, la tolerancia y la solidaridad con los países del tercer mundo, así como con medidas económicas y sociales eficaces que fomenten la integración de los extranjeros en nuestro país. Una sociedad mestiza es una sociedad más fuerte, más vital, más rica. La endogamia racista, la pureza de sangre, no solo conduce al empobrecimiento de una raza, sino a un sueño delirante que generalmente produce monstruos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *