Humor Gráfico, Igepzio, Número 2, Opinión, Vicente Marco
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Grieta de ayer, raja hoy

Por Vicente Marco / Viñeta: Igepzio

Cuando yo era pequeño, al peluquero de mi barrio lo llamábamos “el sapo”. Aunque no se trata de un apodo demasiado original, sobra para que se hagan una idea de su aspecto. Tan solo faltaría añadir a las siete filas de papada, el olor a Barón Dandy, la bata repleta de lamparones de color indefinible, con dos botones al borde del suicidio en el abrupto precipicio de la panza, y la respiración jadeante que nos humedecía los cogotes infantiles cuando nos trasquilaba con una máquina que hacía tacatacatac, tacatacatac, tacatacatac.

A diferencia de otros peluqueros, «el sapo» hablaba de tanto en tanto y solo para lanzar sentencias que escapaban con una sonoridad tan diáfana como incomprensible por el diminuto resquicio entre los labios y el cigarrillo pegado en los mismos.

Mientras peinaba arribaespañas, se quejaba a menudo de lo que había subido el tabaco y afirmaba que al paso que íbamos no tendría más remedio que dejar de fumar. Fumó hasta que se quedó tieso una tarde de lluvia mientras le cortaba el pelo al señor Antonio. Los niños nos acercamos hasta la peluquería porque por las calles se corrió la voz como la pólvora. Lo habían tapado con varias batas y entonces descubrimos que en el armario inclinado como la Torre de Pisa donde guardaba los peines, las tijeras y la máquina de tacatacatac, disponía de reserva logística suficiente para haber vestido a un regimiento de peluqueros. Por qué siempre llevaba la misma bata es algo que no supimos con certeza jamás. Quizá guardaba las nuevas por si no las podía comprar cuando llegaran esos tiempos tristes de vacas lampiñas y costillar marcado que vaticinaba a menudo.

Porque otra de las habilidades del «sapo» era su capacidad predictora. En aquel ayer que ahora me parece tan lejano, afirmaba que un día se abriría una grieta en los Pirineos y que España se iría a la mierda. Así, a la mierda. Se anticipó a la historia de la «balsa de piedra» que con tanto arte y no menos tino nos contaría Saramago años más tarde.

La España del «sapo» no zozobraba sin rumbo por mares y océanos ni se alejaba lentamente de Europa envuelta en una especie de neblina. La España del «sapo» se iba a la mierda de golpe, se caía a una especie de fosa séptica gigantesca rota por esa grieta que él no refería como grieta sino como raja.

Para nosotros, entonces, «raja» tenía otras connotaciones y no podíamos imaginar que la raja que rompería España y la enviaría a la mierda por culpa del recorte desde los Pirineos no era una raja en sentido literal, ni una raja en femenino, ni una raja del ayer, sino una raja con nombres y apellidos. Una raja hoy.

Y esa raja más que separarnos, provocaría el hundimiento de España en la cloaca de la tierra.

Ahora aquel vaticinio, resulta de una crueldad insoslayable. Puede que en el armario torcido del «sapo» queden muchas batas limpias, pero hay que salvar a España a costa de lo que sea. «Lo que sea» es nuestro sacrificio.

Los recortes se escudan en el miedo, en la crisis económica mundial, apelan hipócritamente al esfuerzo, al corazón, al patriotismo, al afecto, a la solidaridad, para rellenar los grandes socavones creados, en el mejor de los casos, por gestiones deficientes; y en el peor, y más habitual, para cubrir las deudas contraídas por los numerosos saqueos a las arcas públicas en favor de arcas privadas.

Y ahora somos nosotros quienes debemos salvar el país para que tantos agujeros no provoquen esa grieta. Debemos sacrificarnos como se sacrifican las amebas, que mueren para salvaguardar la pervivencia de la especie. Y poco a poco, los dedos en la nariz, los ojos cerrados, vamos cayendo hacia ese lodazal infinito. Nosotros.

Uno a uno.

Solo nos resta cantar ¡Arriba España!, antes de hundirnos para siempre.

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