Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 4, Opinión
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Estos muertos no son nuestros

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi

Conocí a una anciana, valenciana del mismísimo barrio del Carmen, que estaba un poco sorda. Cuando en la televisión o en la radio informaban sobre algún accidente con víctimas mortales se sobrecogía pero después de ponerse la mano detrás de la oreja, en el típico gesto de los que no oyen bien, exclamaba un aliviado “ah, Palencia, los muertos son de Palencia, no de Valencia”, y seguía con sus cosas, como si nada hubiera pasado, porque creía que ese drama no le atañía: los muertos eran de otros.

Cada día llegan pateras a las costas españolas y aunque les parezca imposible, incluso en una ocasión una patera llamó al timbre de mi casa. La patera era un muchacho, cuyo nombre he olvidado, pero no así su rostro y el miedo de sus ojos. Había pasado la noche en un huerto de los que rodean mi pueblo, aterido de frío, sin más pertenencias que la ropa que llevaba puesta. No sé cómo llegó hasta mi domicilio aquel domingo por la mañana. Entendí que había llamado a muchas puertas y ningún vecino le quiso abrir. Le ofrecí mi cuarto de baño; le proporcioné ropa seca y de abrigo; le preparé algo de comida; le presté mi teléfono para que se comunicara con alguien con el que habló en una lengua desconocida para mí; le di dinero para que pudiera llegar a Valencia, ciudad en el que alguna persona –tal vez un traficante de vidas humanas, ojalá que un amigo– le aguardaba. Nunca volví a saber de él pero sí que reconozco sus ojos en tantos y tantos que intentan saltar vallas; excavar túneles; escalar murallas; navegar en una barca neumática, o sortear obstáculos para entrar en España, un país que imaginan la puerta del paraíso cuando en realidad es la del infierno.

El drama de la inmigración, lo llaman, como si esa tragedia les fuera ajena, como si esos muertos no fueran suyos. Y en realidad no le importan a nadie mientras su sangre no les salpique. “Ah, han dicho Palencia, bueno, creía que el accidente había sido en Valencia”, decimos mientras rezamos un padrenuestro pero no como acto de contrición sino para calcular cuánto tiempo tiene que estar hirviendo un huevo hasta que se pone duro. La vida sigue.

En la televisión acabo de ver a un grupo de gente, un gran bulto negro, que ha conseguido llegar a Melilla a pesar de la valla y de las concertinas; una marabunta desesperada que amenaza con perturbar uno de los más sagrados principios de los españoles: la siesta. Ayúdame, dicen, en silencio, sus miradas, con la misma desesperación con que tantos de nosotros gritamos ámame, líbrame de esta muerte tibia que es tu indiferencia. Y, un poco arrepentida pero cómplice de xenofobia como la que más, he cambiado de cadena. “Ah, han dicho Melilla, han dicho Palencia, ah”.

Acabo de comer y por más que me lavo las manos no consigo que estén limpias.

 

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