Carmen Fernández, Humor Gráfico, LaRataGris, Número 4, Opinión
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En el lado equivocado

Por Carmen Fernández / Ilustración: LaRataGris

Esa mañana, Justino Mediavilla se levantó de la cama sin saber que ése no iba a ser un día más en la organizada agenda que era su vida, algo iba a ocurrir en las sucesivas horas que cambiaría el rumbo de su existencia. Ajeno a esto, el Sr. Mediavilla se calzó las zapatillas deportivas como todos los días, apuró el café negro y amargo mientras escuchaba de fondo el canal de televisión de costumbre ─subida de los tipos de interés, el Presidente viaja a Filipinas, nuevo intento masivo de salto a la valla de Melilla─ y se dispuso a correr los cuatro kilómetros establecidos por su cardiólogo como altamente saludables. Era una soleada mañana de mayo y los pájaros cantaban en el bosquecillo que rodeaba su pequeña mansión a las afueras. El Sr. Mediavilla corría con amplias zancadas concentrado en el ritmo de su respiración. A sus 52 años mantenía una envidiable forma física gracias a su productivo sentido de la vida. Nunca dedicaba tiempo a aquello que no le reportase un beneficio inmediato, no se le podía considerar un hombre culto aunque sí informado, no era sensible pero escuchaba las propuestas de sus empleados para potenciar así su rendimiento, no era corrupto porque pensaba que ello le acarrearía más complicaciones que beneficios. Para sus vecinos y amigos, el Sr. Mediavilla era una buena persona.

Cuando su podómetro le indicó que llevaba unos dos kilómetros recorridos, decidió girar por una pequeña senda para emprender el regreso y fue ahí cuando el Sr. Mediavilla casi se cae al suelo del susto. Aquello no podía ser y además era imposible. De la nada había aparecido una valla que treinta minutos antes no existía y que atravesaba el bosque hasta donde llegaba la vista. Tenía unos seis metros de alto y estaba coronada por alambre de espino. No podía explicarse la aparición de ese elemento extraño en un lugar por el que apenas hacía un rato acababa de pasar. Tuvo la precaución de no tocar la alambrada y comenzó a recorrerla buscando algún lugar por el que poder traspasarla. Caminó durante casi una hora entre inquieto y asustado pero aquello parecía no tener fin. Más cansado mental que físicamente se sentó y vislumbró a lo lejos lo que parecía ser un hombre al otro lado. Le llamó. ─Oiga, por favor. El tipo se acercó receloso. Era un policía. ─Perdone, esta valla ¿desde cuándo está aquí? ─¿Desde cuándo?, no sé, está y punto ¿a quién le importa desde cuándo? ─Verá, es que yo pasé por aquí hace nada y no estaba. El hombre le respondió con un gruñido. ─Bueno, no importa ¿sería tan amable de decirme dónde está la puerta? ─¿La puerta? ¿y para qué querría alguien como tú saber dónde está la puerta? A Justino Mediavilla no le había hablado así nadie en toda su vida, tuteándole y con tono claramente despectivo, pero prefirió obviarlo porque ese parecía ser el único ser humano en kilómetros a la redonda. ─Mira, las cosas están así, a mí me disgustan tanto como a ti pero las leyes son las leyes, así que no me lo pongas difícil. El Sr. Mediavilla no entendía esa respuesta pero siguió intentando explicarse ─Verá, creo que no me entiende, es que mi casa está ahí. El policía le miró torvamente ─Ya, ya, claro que lo entiendo, eres un ciudadano del mundo y la Tierra es tu casa, y no hay que ponerle fronteras al aire y esas patrañas. Lo siento mucho viejo, pero yo acato órdenes, no las cuestiono. Aquel hombre acababa de llamarle viejo y al Sr. Mediavilla sus 52 años le cayeron a plomo. El pavor se apoderó de su corazón convirtiéndolo en un conejillo desbocado. No sabía qué decir, era todo tan absurdo… ─Escuche por favor, yo soy Justino Mediavilla, presidente de Petromax y vivo… No le dejó terminar, con un ya está bien dio un golpe a la alambrada con la culata del fusil. Don Justino conocía esa escopeta, la había visto en las noticias, disparaba pelotas de goma que podían provocar graves lesiones, así que impotente se alejó de la valla. Estaba completamente abatido, solo, sin documentación, con el chándal empapado en sudor, agotado. Se dirigió hacia el bosque y caminó arrastrando los pies, tropezando, en un delirio. Su casa, su fábrica, su piscina, su café, sus corbatas, sus partidos de golf, todo parecía un sueño, todo había dejado de tener importancia porque ahora estaba allí y eso era lo único cierto. Se acostó sobre la tierra húmeda y durmió. Le despertaron unas voces y alguien que le sacudía el hombro. ─¿Tú estar bien? Aquí no bueno dormir. Ven. Le llevaron a un campamento formado por unas cien tiendas. Había varias mujeres y algunos niños pero sobre todo eran hombres jóvenes y fuertes. ─Tú ser nuevo aquí. Tú no como nosotros. Le alimentaron, le dieron de beber, le dieron un techo bajo el que dormir. Le dieron humanidad. ─Tú no poder saltar, ser mayor. Justino ─ahora ya solo era Justino─ intentó explicarles que él no quería saltar, que le dejarían pasar porque tenía sus derechos. ─No amigo, tus derechos quedar al otro lado. Leyes hacen hombres del otro lado y no importar si son justas, a ninguno de ellos importa, nadie hace nada. Vallas solo importar cuando estar en el lado equivocado. Justino se vio a sí mismo, horas antes, escuchando indolente las noticias que escupía su televisor sobre los hombres muertos al intentar llegar a Melilla, degustando su taza de café negro y amargo. Las vallas solo importan cuando estás en el lado equivocado. Y pensó en esos hombres que ahora le ayudaban, jóvenes, fuertes y compasivos y en todas las cosas buenas que podrían hacer si algún día llegaban a saltar la valla. Y pensó que para él no había esperanza, se había quedado en el lado equivocado.

 

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