Editoriales, Humor Gráfico, Jordi Marquina, Número 2
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El presidente de plasma

Gurb

Editorial

16 de mayo de 2014. Cuentan los biógrafos mejor informados que Mariano Rajoy fue elegido para regir los designios de España por un capricho de Aznar (y es que hasta Aznar tiene un mal día). Era un caluroso viernes de agosto de 2003 (cuidado con los soles del verano, que pueden resultar peligrosos para las cabezas) cuando el líder del Partido Popular le invitó a un almuerzo con otros candidatos y decidió designarle como brillante sucesor. “¿Pero por qué yo, maestro?”, debió preguntar un extrañado y sorprendido discípulo Mariano a su mesías político. “Ha llegado tu hora grande, amigo, pongo en tus manos las riendas de España y del partido, que para el caso es lo mismo”, debió contestarle el supremo antes de afeitarse el bigote y salir por la puerta de atrás de la política para dedicarse a sus cosas, a la puerta giratoria, a sus conferencias en Georgetown y a su inglés básico en mil palabras. ¿Pero por qué precisamente él? ¿Por qué Mariano Rajoy y no otro como Rato, Arenas, Mayor Oreja o Cascos? ¿Qué cualidades innatas de alto estadista vio Aznar en un registrador de la propiedad un tanto apocado y gris, un hombre que se define a sí mismo como “normal y previsible”? Ése es el gran misterio mariano que algún historiador hispanista (probablemente británico) deberá desentrañar, no sin esfuerzo, algún día. Pero mientras se resuelve el gran enigma nos quedan sus “ocurrencias” y pintorescas anécdotas más propias del Inspector Clouseau. Mariano Rajoy es ese presidente del Gobierno que recurre a un primo suyo del pueblo que es meteorólogo para que explique y niegue el cambio climático. Mariano Rajoy es ese presidente del Gobierno que es capaz de enviar un SMS a su tesorero (metido hasta las cachas en el envío de dinero negro a Suiza) para decirle: “Luis, sé fuerte, aguanta”. Mariano Rajoy es ese presidente del Gobierno que le lleva tres facsímiles cinco veces centenarios a Obama en señal de buena voluntad del pueblo español y que recibe a cambio, del líder americano, un paquete de chocolatinas M&M’s, tal es el prestigio que el premier gallego tiene fuera de nuestras fronteras. Nunca olvidaremos aquel debate cara a cara con Zapatero cuando, delante de millones de personas ávidas por escuchar las palabras del candidato, no se le ocurrió otra cosa que hablar de su niña, la niña cursi de Rajoy. Hasta Mister Bean desprende una aureola de más aplomo, más empaque y más seriedad que nuestro jefe del ejecutivo. Resulta grotesco comprobar cómo el presidente de una nación se escabulle como un mal ratero por los pasillos del Parlamento para evitar a los periodistas. Y provoca desasosiego escuchar de su boca aquella frase antológica y mítica que soltó el manda gallego, lacónicamente, a su llegada a una importante cumbre europea: “No he dormido nada. No me pregunten demasiado, si hacen el favor”. ¡Arsa mi alma!, como dicen los andaluces. Ya no entramos en si el Gobierno lo está haciendo bien o mal. Puede que las cuentas, tras la sangría de recortes y sacrificios del pueblo, le estén saliendo al ejecutivo popular; puede que hasta esté acertando en sus políticas restrictivas y quizá sea verdad que el país ha entrado ya en la senda de la recuperación económica (lo cual estaría por ver, porque lo que hay es mucho maquillaje de cifras macro y mucha falsa retórica). Pero hablamos de que un país como España de ninguna manera puede ir por el mundo con un presidente del Gobierno de tal guisa, con un presidente que no entiende ni su propia letra y que cuando se dirige al pueblo por televisión se confunde de cámara y mira fuera de campo como desnortado, chifladillo, ido. O como cuando, estando España al borde del rescate económico, le dio por largarse a un partido de fútbol: “Me voy a la Eurocopa porque la selección lo merece y porque el asunto está resuelto”. ¿Y qué pensará Cameron (el presidente británico, no el cineasta) cuando Mariano, al término de una cumbre vital en Bruselas, va y le suelta a pecho descubierto: “it’s very difficult todo esto”? ¿Qué debemos pensar los ciudadanos de un tipo que ha defendido a Carlos Fabra diciendo de él que es un “ciudadano ejemplar”? ¿Qué debe pensar el pueblo de un presidente que fue capaz de decirle a Francisco Camps, el de los trajes por la cara, aquello de “siempre estaré detrás de ti, Paco, o delante, o a un lado, me da igual”? No es serio, no señor, de ninguna manera nos podemos olvidar de todas esas marianadas.

Pero por encima de todo, Rajoy es y será el hombre de plasma. Cuando los periodistas esperan sus declaraciones sobre un asunto de relevancia y trascendencia, él tiene la mala costumbre de dirigirse a la prensa a través del televisor plasma, para que no le hagan preguntas embarazosas. Cuando la nación le exige que dé explicaciones convincentes, sin ambages, sobre la trama Gurtel y el posible cobro de comisiones por parte de altos cargos del Partido Popular, él guarda silencio y habla del tiempo, de fútbol, de las fiestas de Santiago, de lo que le apetece en ese momento, de otras “coshas” más bonitas, siempre a través del dichoso plasma. Y cuando Mariano se levanta por las mañanas, antes de entrar en el aseo a cepillarse los dientes, seguramente habla con su mujer a través del plasma. Porque Mariano pasará a la Historia, sin duda, como el presidente de plasma. Un presidente ectoplasmático, etéreo, incorpóreo. Un gobernante alejado de la sociedad, autoexiliado del pueblo, muy lejos de la realidad de un país que agoniza de hambre. Está tan lejos del ciudadano, tan apartado de los problemas reales, que vive ya incrustado en su pecera de plasma, como ese pez barbudo que mira el exterior, atónito, a través del cristal grueso. Cualquier día Mariano amanece convertido en un horrible plasma, como el famoso insecto aquel de Kafka.

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