Cipriano Torres, El último mono de Xipell, Humor Gráfico, Número 2, Opinión
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El plan

Por Cipriano Torres / Viñeta: Xipell

Alguien que sabe rodearse de torpedos musicales como Ana Mato, grisácea ameba que tuesta su ineptitud satisfecha atravesada de rayos uva, ministra dócil que ignoraba que su marido almacenaba coches de lujo porque o estaba ciega, más, o entraba por la puerta de servicio –para redondear su estrambótico perfil– es la que mejor puede llevar a la ruina la sanidad pública, o sea, una pájara que ni siente ni padece, una peona cínica acostumbrada a que le pongan un cochazo delante y decir que es mentira, que eso no es un coche igual que eso no es un confeti de cumpleaños sino un globo hecho trozos, que al vecino a veces se le va la mano con las cucañas.

Alguien que llama a Fátima Báñez para que se encargue de algo, digo en general, de lo que sea, de la portería de vecinos, de la limpieza del colegio, de la seguridad del barrio, del planchado del manto de la virgen antes de sacarla en el carrito, es alguien muy atrevido, con un sentido del riesgo que traspasa la temeridad y roza el ingenio. Si esto es así, alguien capaz de nombrar a Fátima Báñez ministra de algo, de lo que sea, entra a empellones en la categoría de lo sublime. ¿Cómo se le puede ocurrir a una criatura, qué tipo de cerebro hay que tener para imaginar que esta perlita de Huelva, esta cabeza de chorlito, sería capaz de ser ministra de Empleo y Seguridad Social? Hay que tener un par de cojones, ser valiente, y tener una visión de futuro que pocas mentes tienen. La señá Fátima no defrauda. En cuanto tomó aire nos explicó su infalible plan para crear empleo. Y desde entonces estamos en manos de una virgen llamada Rocío, a la que ella se encomienda para sacarnos de esta. Ole su coño.

Alguien que nombra ministro del Interior a un santurrón llamado Jorge Fernández, capaz de sentir algo parecido a la emoción ante la figurita de una virgen a la que reverencia y honra con medallas y prebendas económicas –un sueldo a una virgen es lo más parecido al piso que le ponen los católicos padres de familia a sus putas– pero no se inmuta ante el joven que se desgarra colgado a una valla, o miente y se inventa el mundo cuando otros jóvenes tocan a nuestra puerta, se tiran al mar, ordena disparar al negro, y luego, para redondear la ignominia organiza excursiones turísticas a pie de valla para que le expliquen cómo funciona esa irresistible atracción, alguien que llama a su vera a quien intenta criminalizar las protestas en nombre de la libertad, alguien que se junta con perversos que esconden bajo sus actos avinagrados espíritus de sacristán, ese alguien es un tipo a tener en cuenta, un tipo con futuro.

Alguien que sienta en el consejo de ministros a un señor llamado José Ignacio Wert, un tipo de sonrisa venenosa, un cínico de orla, un señor impasible que llegó a la política con la alta misión de destrozar la enseñanza pública y almidonar con nuestro dinero la enseñanza privada, un Atila frío que sabe que saldrá de ahí habiendo dejado las escuelas, becas, investigaciones, universidad e institutos en un agónico lamento, sabe que tardará años, muchos años, en despuntar con brío lo público, y que mientras, mientras se cambian leyes y se parchea el desastre, el reino de la sotana fortalecerá su jamás satisfecha barriga y se preparará para los posibles apuros que puedan venir del futuro en un tiempo que nos devuelva la dignidad y el coraje.

 Alguien que rebusca entre las sacristías hasta dar con el peón adecuado para desmontar leyes, retorcerles el gaznate, y destriparlas al atardecer con la sonrisa astuta del matarife que niega la evidencia, capaz de llenarse la boca de palabras como libertad y justicia y adelanto y modernidad y vida, pero llena sus bolsillos con facas para desangrar la justicia universal, y mira a otro lado porque si mira al frente puñados de narcotraficantes arrojan a su paso fajos de billetes, parabienes y besitos, y peinetas a este país de desgraciados, es un tipo con suerte porque existe un falsario llamado Alberto Ruiz Gallardón, que ha propiciado que esos narcos salgan de la cárcel, igual que condenarán al trullo a las mujeres que quieran abortar porque este energúmeno, exquisito melómano, se cree dueño de un rebaño de úteros como pastor de almas descarriadas, la madre que los parió.

Alguien capaz de rodearse de roedores de esta calaña es un tipo sin escrúpulos. Si a esa breve lista le sumamos alguien tan siniestro y oscuro, pero tan entregado siervo de los grandes capitales como Luis de Guindos, y alguien tan cómico como Cristóbal Ricardo Montoro, abnegada vestal al servicio exclusivo de las diosas que más alto defecan, el cuadro que resulta no es casual sino que fue trazado a conciencia. Es una devastación programada. No es sólo el imbécil que muchos ven en él. No es sólo el calzonazos que espera a que escampe. No es el bobo, que también, que pone caras, miradas de lelo y no acierta a dar pie con bola si no tiene un papel delante. Este ejemplar tenía un plan tenebroso que cumplir. Y lo está cumpliendo a rajatabla. Mariano Rajoy es tan peligroso como parece.

En Villanueva Mesía. Granada

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