Adrián Palmas, Carmen Fernández, Humor Gráfico, Número 1, Opinión
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Un Miró en el cuarto de baño

Por Carmen Fernández / Viñeta: Adrián Palmas

Nadie conoce mi nombre, ni siquiera yo, porque mi padre –si me lo dio–, nunca lo dijo en voz alta. Era un gran hombre, mi padre, pequeño en centímetros, pero con un talento inmenso. ¡Qué diría si me viera ahora! Así, encerrado en este oscuro agujero del Palacio de la Aduana de Málaga –ciudad del sol, la fiesta y el bien vivre–. De eso, del vivir bien, de fiestas malayas, sabía mucho Juan Antonio. Yo le llamo Juan Antonio porque le tengo confianza, porque donde unos veían sus trajes caros yo sabía de sus pellejos y vellos ocultos, su sancha panza; donde otros admiraban sus buenas maneras yo sufría sus desahogos intestinales, sus orquestas pestilentes y sus malas borracheras. Un tipo extraño Juan Antonio. La primera vez que le vi, estaba yo en una galería, él me “miró” –claro− y dijo señalándome, quiero a ése. Entonces agarró un fajo de papeles de color, entre púrpura y violeta cobalto –que de eso, de colores que no de papeles, sabía mucho mi padre, ¡qué diría si me viera ahora!− y se los entregó al marchante. Lo que nunca entendí es porqué llamaban dinero negro a aquellos fajos si eran de colores. Y así fue como varios de mis hermanos y yo fuimos embalados y trasladados a una finca llamada La Loma, en Murcia. El lugar era como un palacete o más bien un mausoleo porque por el rabillo del marco veía animales salvajes muertos y cornamentas en las paredes, yo, que solo sabía de mundos oníricos con soles, pájaros y estrellas. Así que en parte me sentí aliviado cuando me colocaron en ese lugar que todos frecuentan, en ese humilde rincón donde hasta el más poderoso se baja el pantalón. Y me convertí para el mundo en “el miró del cuarto de baño”. Vi a Juan Antonio gestar un imperio desde su “trono”, mover los hilos de Marbella sentado en su váter a golpe de teléfono –sí, Julián, me pillas en el despacho, no te preocupes, hombre, que lo del Pinillo está casi listo, tú contrólame lo de la subasta que del resto ya me encargo yo–. Desde el sitial del Titicaca tramó venganzas para destruir hombres y encumbró fantoches, ordenó construir castillos a pie de playa, condenó paraísos desde su retrete, su retiro, la paz de su excusado, la libertad de su mingitorio. Y tiene todo el sentido que así fuera, que el depósito excrementicio de la podredumbre fuese la cuna de las otras corrupciones. Como también tiene todo el sentido que yo, su posesión más valiosa, sus trescientos cincuenta mil motivos de orgullo, colgase desafiando acuarela sobre papel, en una de las paredes del falaz sancta sanctorum del emporio Roca. Allí, donde todo llevaba su nombre, donde se le recordaba quién era: un mazarronero que llegó a Marbella con los bolsillos llenos de picaresca y el alma con ansia de titiritero, un rasputín murciano. Allí se recordaba quién era, su inodoro de dinero sucio marca Roca, su bañera blanquea-capitales marca Roca, su lavamanos como Pilatos marca Roca. Su cuarto de baño a mayor gloria del enaltecimiento del ego, marca Roca. ¿Qué es eso de marca España? ¡Qué viva la marca Roca!

Pero todo cambió un cinco de junio de dos mil seis cuando la Policía irrumpió a golpe de orden de registro y se acabaron los tronos, los egos y los fajos de colores. Y henos aquí a ambos –¡qué diría mi padre si me viera ahora!– Juan Antonio entre barrotes y con una triste letrina donde tramar su desquite. Y yo, en este agujero oscuro con ásperos millares de arpillera, enérgicos sauras, feitos como ríos de sangre y asfalto –los del Paso haciendo pandilla−, sorollas, koffs y mompós. Decía Duchamp que no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros, por eso muero un poquito cada día, en este oscuro agujero del Palacio de la Aduana de Málaga –ciudad del sol, la fiesta y el bien vivre–.

Eso me pasa por ser “el miró del cuarto de baño”.

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