Chema Gil, Humor Gráfico, Igepzio, Número 3, Opinión
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El domingo votaré, aunque sea para poder decirles lo indeseables que son

Por Chema Gil / Ilustración: Igepzio

Siento algo de pudor al reconocer que, cuando vuelo en avión, lo hago en business-class; es caro… y es cómodo. La cosa es que no me gustan los aviones pero, ya saben, si no quieres caldo, la vida se encarga de darte taza y media. Calculo que en los últimos años habré cogido un centenar de vuelos internacionales, en bastantes ocasiones para cruzar el Atlántico. Con frecuencia tengo que hacer enlaces de varias horas en aeropuertos y aprovecho para trabajar en las salas especiales de Iberia o del conglomerado de líneas aéreas One World. Puede parecer un capricho, pero no lo es y, además, ¡qué leches!, si lo hago con mi dinero no tengo por qué darle explicaciones a nadie. Generalmente no he tenido nunca problemas para reservar billetes de avión en esa clase, pues el coste es elevado.

Pero hete aquí que las veces que he tenido que volar a Bruselas la cosa es diferente. ¿Y por qué? Pues porque la Clase Business iba al completo y, casi siempre, ocupada por eurodiputados, incluso por aquellos a los que se les llena la boca demagógicamente cuando critican los privilegios de los que gozan, como el eurodiputado Willy Meyer, de Izquierda Unida. Lo peor es ver que no hay diferencia entre sus billetes de avión y los míos porque los suyos (al menos en parte) también los pago yo. Es anecdótico lo que acabo de contar pero me sirve para hablarles de las sensaciones que percibo cuando voy a alguna de las instituciones de la Unión Europea, como el Parlamento de Bruselas: súper-edificios llenos de gente que se pavonean constantemente; individuos que parece que trabajan, pero que están allí sobre todo para someterse a los lobbies que pululan como abejas en torno al panal. La gran sala del Europarlamento, con frecuencia, como ocurre en el Congreso de los Diputados, no tiene más que un puñado de personajes que parece que no tuvieran nada mejor que hacer. Aquello está lleno de coches oficiales de cristales tintados. Y las zonas para la restauración –donde comen los eurodiputados– puedo asegurarles que pueden competir con los mejores sitios del mundo, pero a los excelentísimos señores les cobran barato, su comida y bebida está subvencionada (como ocurre en el Parlamento español).

Nuestros representantes en Europa cobran unos sueldazos considerables (y además a cada uno le pagan una cantidad similar mensual para que contraten asesores). Con cotizar unos pocos años tienen derecho a las pensiones más altas y si además se hacen comisarios o miembros de la Comisión, ya pueden vivir tranquilos hasta que la parca les visite. Pensar que desde las instituciones europeas, con la complicidad de nuestro gobierno (toda esa gente bien vestida y perfumada), se han dado las órdenes precisas que han servido para que miles de españoles, griegos o portugueses hayan ido a parar a la cuneta, mientras ellos han viajado en business, comido y bebido de lujo a precio de comedor social; pensar que muchos de esos eurodiputados habrán vivido a cuerpo de rey a cambio de no más que levantar la mano para votar, al dictado de lo indicado por su respectivo grupo político, me produce náuseas.

La cosa es que en los últimos años el Consejo de Europa y los gobiernos, especialmente el de la desagradable Merkel, han robado el protagonismo a los representantes de los ciudadanos en el europarlamento, para aplicar la política que ha interesado a un sector, fundamentalmente el financiero. Y ahora nos piden el voto. ¿Para qué? Bueno pues para elegir el Parlamento y, por primera vez, para elegir al presidente de la comisión, de la que evacuaremos al cuarto de Las Azores, el impresentable Durao Barroso. De todos los que se presentan, sólo dos van a tener posibilidades de ganar, el socialdemócrata alemán Shultz y el luxemburgués Junker. El primero es un tipo que conoce bien la UE, en el último periodo presidió el Europarlamento; y el segundo también sabe de las entretelas europeas, pero desde otra perspectiva, la del Consejo, siempre atento y servil a los intereses bastardos que nos han llevado a la actual situación. Este Junker, además, ha sido primer ministro de Luxemburgo, un paraíso fiscal (o para los manipuladores del lenguaje, espacio de fiscalidad laxa); uno de esos sitios del mundo al que algunos hijoputas vinculados al poder económico y empresarial han evadido un BILLÓN DE EUROS, dinero que hubiera sido suficiente para evitar el desastre humano al que nos han llevado los políticos.

Así que, este domingo, yo voy a ir al colegio electoral, sí, porque sé que no quiero que Junker, ni gente como Cañete, que sería su fiel servidor, vuelvan a liderar el gobierno europeo al servicio de la Merkel. Yo quiero que surja una mayoría suficiente para darle la vuelta a lo que es la Unión Europea, pues dependemos de lo que allí pase. Y que Dios me perdone, porque es posible que vote tapándome la nariz, pues a priori, no me gusta casi nada de lo que se presenta ni por la izquierda ni por la derecha.

Si han de viajar en business con mi dinero, al menos que lo hagan personas sobre las que crea –a priori– que van a intentar cambiar las cosas y, si no lo hacen, pues podré identificar con nombre y apellidos a ellas y ellos (juntos), de los que diré que son unos indeseables. Pero para que pueda decirles algo tengo que votar, me niego a no utilizar lo poco que me han dejado poder hacer como ciudadano: votar.

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