Humor Gráfico, Ivanper, Número 3, Opinión, Ramón Marín
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De cómo un superior intelectual devino en un machista contumaz

Por Ramón Marín / Ilustración: Ivanper

Imaginemos a Miguel Arias Cañete ataviado con un sayo mugriento, calzas, polainas, pantuflos y una montera ajustada al cogote. A partir de ahora le llamaremos Sancho Panza y todo se entenderá mejor. Un vecino suyo, hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, que ahora será conocido por Mariano Rajoy, le sorbió el seso de manera tal que este hombre de bien, pero de muy poca sal en la mollera, fue encomendado a gobernar la ínsula Barataria que algunos inconscientes llaman Europa. Tarea ingrata donde las haya. Allí donde se arrimaba el individuo le colocaban un plato de gachas, anchoas en salazón o media docena de perdices adobadas y nuestro hombre, disciplinado que es a lo que gusten de mandar, dale que te pego a las mandíbulas, trituraba, succionaba y deglutía con afán insaciable.

El escudero fiel se negó, una vez tras otra vez, a escuchar las súplicas de su señor, pero al final no tuvo más remedio que agachar la cabeza y aventurarse a la conquista del futuro. Por eso, enjaezó el borrico para viajar hasta las brumosas tierras del continente donde se decide si ha de llover hacia abajo y si el sol calienta en verano. Dicen que en esa ínsula los mandatarios cobran 7.000 euros de vellón de luna a luna y las dietas que se tercien, viajan en business class (Sancho cree que es un ingenio de caballería) y tienen a su merced ayudantes de cámara y validos que les ayudan a pensar si sus entendederas no son lo bastante finas. Por eso, Sancho vivía en un sinvivir. Por un lado, quería seguir plantando lechugas romanas y cazando urogallos sin más urgencia que la libertad que le dictara la voluntad, pero la tentación de la felicidad prometida y la devoción por su señor pudieron más y ganaron la batalla.

En una de esas, después de día fatal en que el caballero Rajoy combatió contra falsos gigantes que resultaron ser aerogeneradores eléctricos de Iberdrola, a Sancho se le demudó la color con un asunto que jamás de los jamases provocó, pero que trastocó su existencia y le llevó como boñiga por acequia, válgase la expresión. Una dama de ideas avanzadas, que para cuadrar la historia llamaremos Elena Valenciano, se alojaba en una posada de por ahí, en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no queremos acordarnos (ya lo publicará Wikileaks cuando Obama le deje), y en una de aquellas que se cruzaron en el comedor la señora le dijo, con decisión enérgica, que la ínsula Barataria es de todos y que ni pensara en meter la tijera por la tela que no debía. Así quedó la cosa, que ni para ti ni para mí, aquí paz y después gloria.

Pero lo escribió el gran filósofo Edward A. Murphy Jr. y tenía razón, cualquier situación, por mala que sea, es susceptible de empeorar, y la ley se cumplió como está mandado. Al amanecer, cuando se serenó, el campechano se sometió a las preguntas de un escribano de los alrededores y lo dejó claro como el agua: “El debate con una mujer es complicado. Si demuestras superioridad intelectual o la acorralas, es machista”. La lió parda. Fue como si se le nublara la sesera y los nervios le sometieron la corta inteligencia que la madre naturaleza le regaló, con tan mala fortuna que quedó a la vista de todos (y todas) el machista recalcitrante que era y su hazaña soberbia fue de lengua en lengua retratándolo como un dinosaurio de los del Cretácico Superior. Después estuvo cinco días escondido detrás de los árboles, para que ninguna hembra le dijera de todo menos bonito, hasta que la superioridad le tiró de las orejas y le apremió a disculparse a grito pelado “si a alguien había ofendido”. Fin de la cita.

[La historia pudo suceder en el siglo XVII, pero ha pasado en el XXI].

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