Humor Gráfico, Igepzio, Número 1, Opinión, Vicente Marco
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Coitus Incorruptus

Por Vicente Marco / Viñeta: Igepzio

Confieso que en una época de mi juventud anduve extraviado por senderos de angustia y tristeza, sin saber muy bien a qué atenerme ni hacia dónde caminar. Recuerdo que entonces mi abuelo, agazapado tras una de aquellas sonrisas que esbozaba de tanto en tanto, me reveló una de sus recetas emplásticas para alcanzar la felicidad:

En esta vida, tú no te preocupes de nada, agujero que veas, tápalo.

Como se trataba de mi abuelo y no concebía consejos tan directos y evidentes, al menos en una materia que consideraba tabú, durante muchos años estuve preguntándome a qué tipo de agujeros se refería.

Y, en mi ignorancia, por evitar lo inevitable, llegué a pensar que hablaba de esos huecos libres que aparecen cuando alguien abandona la poltrona del poder de cualquier poder y se levanta para ascender de categoría, para marcharse a su casa o para visitar de manera permanente alguna de las dependencias penitenciales del país.

Porque ocupar uno de esos puestos de privilegio donde se disfruta sin limitaciones de las ventajas inherentes al cargo supone labrarse un porvenir de gozo. Nada hay tan placentero como obtener algo sin esfuerzo. Que se lo cuenten a los jubilados que se jactan de haber conseguido siete gorras en un mitin político, al albañil que esconde las herramientas de trabajo en la bolsa de la ropa o al comercial que apunta en la hoja de gastos cuarenta kilómetros más de los que ha realizado en cada viaje. El placer se esconde en esos pequeños detalles que pasan desapercibidos y que después se pueden contar, en un alardeo pueril, de patio de colegio. Se trata del sentimiento de gozo que provoca el engaño, que lleva aparejada una dosis significativa de autorrealización basada en la máxima: «El engañador es más astuto que el engañado».

Pero no pienso profundizar en los engañadores inofensivos que he mencionado en el párrafo de arriba sino en el engañador con mayúsculas al que a partir de este párrafo, llamaré “hijo puta”, porque voy a ascender algunos peldaños en eso que llaman la pirámide social y engañador a secas le queda demasiado pobre. Hijo puta, sin embargo, le da el caché que merece, alejado de esos soplagorras, birlamartillos y engrosakilómetros, a quienes mira desde su altísima atalaya.

Yo soy de la opinión que el stock de hijoputez nunca disminuye. La hijoputez requiere codicia y voluntad de provocar daño. También requiere desdén y mucho menosprecio. Y esa hijoputez permanece constante o aumenta porque el hueco que deja el hijo puta no por propia voluntad, por descontado, en su relumbrante puesto es inmediatamente ocupado por un hijo puta en ciernes, al acecho. Así que cuando uno desaparece, otro aparece al instante.

Pero resulta una evidencia que el ser humano nace puro y se va corrompiendo con el tiempo. Con tesón y perseverancia. Así que no nos engañemos, el camino hacia ese estadio de supremacía corrupta no es un camino de rosas. A la meta no se llega sin sacrificio. Durante el recorrido, el hijo puta aprendiz debe tapar muchos agujeros. Normalmente con la lengua. Los agujeros más oscuros de sus superiores.

Nosotros, desde aquí abajo, mientras acopiamos gorras, los vemos como si hubieran surgido de la nada, hubieran ocupado el puesto toda la vida o hubieran llegado caídos del cielo, como si esa maldad natural formara parte de su secuencia de ADN.

No somos conscientes del esfuerzo que supone llegar. Del aprendizaje. Del sufrimiento. Porque para experimentar el gozo sádico, que incluye el dolor de los demás, hay que padecerlo en las propias carnes. Y ese conocimiento de la penuria ajena los transforma en más hijos de puta todavía. En hijos de puta de primera división, de champions league, en hijos de puta que se mueren por ocupar los agujeros libres.

Esos agujeros que nada tienen en común con aquellos que refería mi abuelo.

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