Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 4, Opinión
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Carta a Gurb

Por J.L. Castro Lombilla / Ilustración: Lombilla

Estimado Gurb:
He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia… Sí, ya sé, Gurb, esto es el principio de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, pero es que no sé cómo empezar esta carta, la verdad… Y por otro lado no entiendo por qué tengo yo que tener esta obligación semanal cuando además tú sueles tergiversar el sentido de mis palabras transcribiéndolas como te da la gana. Yo te mando todas las semanas querido Gurb una bonita carta llena de lindas metáforas bucólicas, con pájaros, caballos blancos y vacas rubias y tú la conviertes en una epístola feísima llena de airadas críticas contra el precio del pimentón, la calidad de las patatas o la disminución de riego sanguíneo en el cerebro de algunos diputados.

Comprendo que el estrés al que tu ajetreada vida de marciano te condena haga que copies mal lo que te mando. Yo puedo aceptar las erratas, Gurb, que cuando escribo por ejemplo “Un lindo perrito paseaba graciosamente por la calle”, tú, por la rapidez con que debes pasar a la web mis palabras te despistes y escribas “El alcalde xenófobo de Sestao es un mastuerzo”. Eso lo puedo entender, pero comprende también tú que me cause cierta desazón ver la imagen tan distorsionada que de mí das a los lectores por culpa de las falsas cartas que publicas. Hoy, fíjate por dónde, me hubiera gustado comentarte algo acerca de los muslos ebúrneos del ministro del interior, Jorge Fernández (si vieras de cerca como yo he visto esos muslos, aaayyy…); sin embargo, tengo miedo de hacerlo por si cambias no ya el sentido lírico de mis palabras sino las palabras mismas, y que al final, incomprensiblemente, lo que se lea sea que las concertinas de Melilla son una desgraciada muestra de lo miserable que puede llegar a ser el género humano. Porque es que, hijo mío, todo lo que yo en un intento optimista por mandarte cartas hermosas pongo blanco (¡qué muslos, Gurb, qué muslos…!), tú lo pones siempre negro, y por eso no me extrañaría nada que si finalmente te dijera que los muslos del ministro no tienen nada que envidiar a los de la bella Dorotea, tú salieras por peteneras escribiendo cosas desagradables sobre esos africanos que quieren venir a Europa sólo para molestar. Y así es que no se puede tener una relación epistolar como Dios manda. Ya no quiero más manipulación gratuita en mis textos, Gurb, compréndelo. Por eso tampoco te hablaré hoy de Europa. Ya ves, con la ilusión que me hacía después de las elecciones poder mostrar mi orgullo por pertenecer a un continente tan limpio y tolerante y tan lleno de europeos altos y fuertes y rubios como vacas. Pero ahora es que no me atrevo, Gurb, porque lo mismo después tú escribes que qué vergüenza el triunfo que han tenido los partidos racistas que fomentan el odio a los inmigrantes… O, si a lo mejor yo con mi pluma desenfadada inocentemente escribo Europe´s living a celebration, tú vas y pones que Marine Le Pen, además de rubia de bote, es una pedazo de hija de la grandeur de la France…

Hasta aquí hemos llegado, Gurb querido. Ni te escribo, ni nada. Hala.

Tuyo afectísimo:

José Luis Castro Lombilla

Post scríptum:

Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver… Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos… Sí, ya sé, Gurb, esto es el final de Memorias de Adriano, pero es que no sé cómo acabar esta carta, la verdad…

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