Humor Gráfico, Ivanper, Número 2, Opinión, Ramón Marín
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Biografía de Rajoyov el Grande

Por Ramón Marín / Viñeta: Ivanper

Márianin Rajoyov Breyev nació en la estepa gallega, hijo de un jurista prominente del Soviet franquista y nieto de un redactor del Estatuto de Autonomía de todas las Galicias represaliado en el gulag, quienes le insuflaron la inteligencia emocional justa y necesaria para convertirle en padre de todas las revoluciones. Funcionario público del Estado, diputado en las cámaras legislativas y más tarde presidente de la Unión de Repúblicas Ibéricas Soviéticas, puesto desde el que trabajó de forma devotísima para levantar la patria de su postración con coraje, fuerza y amor inusitados, Rajoyov aunó las virtudes ejemplares de la etnia celta, la tradición católica y una devoción nacional insobornable que le empujarían al liderazgo moral de una patria que buscaba un salvador con la misma frustración de quien busca monedas en el bolsillo de un muerto.

Rajoyov mostró siempre un don de pensamiento elaborado y profundo, cartesiano, poco dado a la afectividad y hasta cierto punto sarcástico. De mente lógica, se manifestó como un estudiante esplendoroso desde su más tierna edad. Sus profesores declararon sobre él: “Fue un niño muy dotado (sic), siempre limpio y estudioso, primero en todas las materias, aunque con una tendencia inexplicable al aislamiento y a la reserva”. Márianin se distinguió en el estudio del latín y de Formación del Espíritu Nacional. Al ingresar en la Facultad de Derecho, y tras la muerte del gran dictador, entró en contacto con los círculos revolucionarios liderados por Manuelich Fraguinsky Iribarniev. Ahí comenzaba su carrera de tortuga por los escaños de piel de becerro donde se decide el sentido del futuro.

Con el inicio de la Revolución de Marzo, allá por 2004, y el acceso al poder de las huestes rojas, la figura política de Rajoyov se expande por el imperio ibérico. La abdicación del zar Aznarov le postula como oposición mordiente de la socialdemocracia de Josif-Luich Rodriguéi Zapaterovich. Pero los rigores de la democracia no permiten el sueño de la victoria y el pueblo le condena al frío glacial de la oposición. Hasta que la crisis del capitalismo, allá por la primavera siberiana de 2010, sacudió los cimientos de las estructuras ideológicas de la sociedad del bienestar y el Gobierno de Zapaterovich se vio obligado por la troika de Europa a acometer profundísimos cambios en el sistema que le granjearon una revuelta ciudadana de manda huevos. Los burócratas del funcionariado se ajustaron el cinturón y las pensiones de los viejos kamaradas quedaron congeladas como el cuerpo incorrupto de Walt Disney en la cámara criogénica de Los Ángeles, donde espera el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la vida eterna. Amén.

Comenzaba a fraguarse un tiempo nuevo, nacía el Partido Popular Marxista-Leninista. Entre los principios fundamentales del nuevo comunismo destacó pronto la lucha de clases. Rajoyov, que siempre había deambulado por el liberalismo atroz y la religión neocon, pretendía ahora, poco menos, que los medios de producción pasasen a ser propiedad de la sociedad. Ni Gasparov Llamazarev llegó tan lejos. La secretaria general del PPM-L, Doloria Cospedalova, eminente intelectual orgánica, discípula aventajada de Trotsky y su teoría de la revolución permanente, advirtió a los poderes ejecutivos del Consejo de los Soviets que la nueva organización se refundaba como el partido de los trabajadores para defender a los parias de la Tierra, en pie, famélica legión. En las elecciones de 2011 Rajoyov fue entronizado por las masas entusiastas como Soberbio Líder Carismático y Gran Timonel de la piel de toro. Lo que vino después ya es conocido y si no, léase La Razón.

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