Alaminos, Humor Gráfico, Número 4, Opinión, Robert Fornes
1 comentario

Banderas sin tela

Por Robert Fornes / Ilustración: Jorge Alaminos

Oye. Tú. Sí, tú. El inmigrante. El que te juegas la vida subido en un cayuco, en una patera, tratando de arribar a la tierra franca. El que te tiras a la valla, después de viajar miles de kilómetros, para jugarte la piel con las putas concertinas. Cuando llegues allí, háblales a la cara. Diles que el color de esa piel que sangra no atenúa el dolor de la herida. Diles que el negro, el amarillo, el blanco, el aceitunado, son simples matices, fusas perdidas en una partitura que acude del Capo a la Coda una y otra vez. Hazles entender que la verdadera mediocridad del ser humano, la mezquindad absoluta, no se encuentra escondida tras la libertad de culto, la procedencia o los recursos económicos.

Cuéntales lo que te han dicho sobre Europa. Que era un lugar solidario, ideado para ser el motor de una sociedad global de vanguardia, un espacio para la integración, la tolerancia, la ciencia, la cultura, el crecimiento social e individual, el respeto medioambiental. En definitiva, para el progreso. Un territorio preocupado por los menos favorecidos y un actor global nuevo para un mundo distinto, en el que el Norte deja de sodomizar al Sur, en el que la inmigración se trata con decencia por las autoridades y por las personas, solucionando los problemas que causan flujos ilegales y tratando a los recién llegados, a gente como tú, como uno más, ni más, ni menos. Recuérdales que eso que te han contado es una cortina de humo que te han vendido para traerte aquí al precio que no tienes, una cortina que se desliza, canalla, ante las costas de Tarifa, de Lampedusa, de Gran Canaria.

Explícales que, en realidad, la inmigración legalizada es necesaria para el enriquecimiento de la sociedad y explícales que el futuro de su economía y de su sistema de protecciones sociales necesitará que vosotros, quizás vuestros hijos también, vengáis a trabajar a España, a Europa. Mantén ante ellos que los inmigrantes debéis ser ciudadanos de pleno derecho, con obligaciones y ventajas, igual que todos los demás. Que estáis dispuestos a respetar las connotaciones de su sociedad al mismo tiempo que ellos se nutren aprendiendo e incorporando vuestras tradiciones en ese entorno. Explícales lo duro que es encontrarte la mirada de cualquiera de ellos por la calle y que te bajen la vista por saber que, en el fondo, te consideran personas de segunda, te creen un tope de cartón para que la pata coja de la mesa se nivele y la mesa se aguante. Demuéstrales que sin inmigración, el futuro de este país difícilmente será sostenible. Que tenéis cosas que aportarles en la visión del mundo, de las relaciones humanas. Recuérdales que la experiencia adquirida en España y Europa después de décadas de emigración y traslados forzosos les tiene que servir para no caer en los errores de exclusión con los que sus antepasados se tuvieron que enfrentar cuando tuvieron que salir por razones parecidas a las que ahora te llevan a ti y a los tuyos a sus costas, a sus fronteras.

Yo demandaré a los políticos que se sensibilicen ante vuestra situación y que entiendan que el problema de la inmigración es una prioridad nacional. Una sociedad avanzada como, en teoría debería ser la europea, no puede permitirse que tantos derraméis sangre en sus faldas por no ofrecer las manos para auxiliaros.

Yo les recordaré que Europa debe dar un paso al frente para marcar la pauta de un tratamiento más humano y efectivo de la inmigración, negociando con los países de origen acuerdos y ayudas que eviten el éxodo masivo e incontrolado. A ellos les exigiré que se controle y persiga a las mafias que convierten los movimientos migratorios en una especie de trata de esclavos del Siglo XXI. Les urgiré que se tomen en serio este tema, que se eduquen para cambiar el concepto de la inmigración como una piedra en el zapato electoral que ahora tienen.
Por mi parte, te prometo que educaré a mis hijos a que aprendan a valorar lo bueno de la diversidad de colores. Que aprendan a incluirte. A ayudarte. Nunca a apartarte, jamás a repudiarte. Da igual que te llames Mustafá, Florin, Juan o Wang. Ellos aprenderán que lo que nos hace valiosos está en el interior. Y que aquello que pretendo que ellos aprendan lo hagan con el ejemplo de sus padres. De nosotros.

No creo, nunca he creído que haya un color de piel más humano que otro. La dignidad de mujeres y hombres se viste desde dentro hacia fuera, no al revés. Y pasados tantos siglos, parece que aún no lo hemos comprendido. Seremos un poco mejores el día que en los estandartes, las banderas que ondeen para representarnos, sean banderas sin tela.

1 Kommentare

  1. enhorabuena Robert por esta columna enriquecedora y espléndidamente plasmada de esta gran realidad tan necesaria de su divulgación,comprension y puesta en marcha juntos todos,manos a la obra..también yo,al igual que tu,inculque siempre en mis hijos en esta absoluta verdad,ojala columnas como estas corran como la polvora abriendo al entendimiento y a la comprensión de la necesidad de una europa igual para todos los hombres sin importar ni razas ni sexos ni colores.una vez mas te reitero mi enhora buena.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *