Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 1, Opinión, Tonino Guitián
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B-alencia

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

Tonino Guitián

Tonino Guitián

Muy pocas personas conocemos esta circunstancia notable que les voy a confiar, porque determinadas informaciones tienen que estar, necesariamente, ocultas al conocimiento general, y ese hecho insólito es que la Comunidad Autónoma de Valencia ha estado durante largos años en B. Valencia declaraba parcialmente su existencia con una hábil contabilidad fantasiosa elaborada por un elenco de prestigiosos economistas para poder mejorar su poder adquisitivo. La gente valenciana es muy generosa y la generosidad es muy despistada, por eso después de la riada del cincuenta y siete ese grupo de contables decidió hacer una primera prueba de fuego: puso el río Turia en la cuenta B y el río desapareció. Estuvieron esperando un tiempo, paseándose por los petriles de los puentes, silbando disimuladamente para ver si la gente se daba cuenta y decía algo, pero con el lío de quitar el barro y reconstruir todo y, sobre todo, con la manía que le habían cogido al agua, todos se olvidaron de aquello y nunca más se supo. Aparentemente el río Turia se encuentra ahora en Oregón, estado al que fue vendido bajo mano, y sigue funcionando como siempre, con sus crecidas y todo. Vamos, ni siquiera los turistas se dan cuenta de ello y piensan que el viejo cauce es como un desfiladero natural y caprichoso.

Alentados por su primer éxito, los economistas decidieron seguir con el Palacio de Ripalda, que vendieron a un amigo californiano del edil de urbanismo que aseguraba que iba a enviar a la ciudad doce toneladas de anchoas del Cantábrico, también en B, como pago, pero que nunca llegaron. Le siguieron el Trianón Palace, la estación de Aragón y ya se envalentonaron y pusieron en B a todo Murcia y Alicante a ver qué pasaba y la gente seguía sin decir nada. La gente de Murcia, que nunca ha querido líos, notó rápidamente que estaban en B porque cogían el autobús y aquello no se movía, pero hicieron como que no se daban cuenta y tan contentos. Los alicantinos se lo tomaron más a pecho, pero al comprobar que vivir en B no está tan mal, porque te quitas todo el papeleo y los trámites, hicieron de tripas corazón. La agrupación de economistas estaba pletórica con sus éxitos, hasta algunos ponían en B cosas a puro capricho, sólo por divertirse. Un día pusieron en B el idioma valenciano, luego la televisión, el flan chino El Mandarín, la lejía Los Tres Ramos… se partían de risa con sus ocurrencias. Hasta que uno de los economistas cogió el brazo de San Vicente de la catedral y lo corrompió de tal manera que los demás se enfadaron mucho porque llevaba siglos incorrupto. Aquello era una barbaridad y le obligaron a poner uno nuevo porque sabían que a la gente se le iba a subir la mosca a la nariz y colocaron en su lugar el brazo de una señora que no lo utilizaba porque tenía la Thermomix. Así pasó todo más o menos desapercibido. Incluso a veces, para disimular, dejaban que hubiera cosas en A, las más grandotas, como el Palau de les Arts, pero entonces se veía que esas cosas A están todas pegadas con moco y acaban por deslucir.

Pero no todo el mundo parecía estar en la inopia, y un arzobispo que pasaba por ahí les preguntó que si poner lo que se recogía en los cepillos en B sería pecado y le respondieron que, bien al contrario, sería una limosna para los pobres de lo más pía. Al cabo de un tiempo fueron también unos empresarios que estaban muy agobiados porque les mataban a impuestos y no había forma de mejorar así la vida de los demás comprando cochazos al extranjero y creando riqueza, y también se pasaron unos banqueros con banco malo y todo.

Al final del todo vinieron unos políticos con cara de mucho enfado y unas cajas muy grandes y les dijeron que o ponían todo el B en las cajas o les pinchaban con unos alfileres que habían traído y los economistas, que padecían belenofobia, les dijeron “Molt B, molt b!” y así quedó todo arreglado y sin que la gente se diera cuenta de nada porque conforme iba pasando el tiempo todos veían las cosas en B como si estuvieran declaradas y porque con tanto experto en economía, aquello fue creciendo y ya no existe esa vieja caja B sino que la han mejorado y ahora hay cajas con todas las letras del abecedario, con combinaciones como las de las matrículas de los coches y ya, por fin, lo B es lo normal y lo A es una cosa rarísima que sólo se usa para poner en los mangos de los paraguas.

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