Humor Gráfico, Ivanper, Número 1, Opinión, Ramón Marín
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Algo sobre mí

Por Ramón Marín / Viñeta: Ivanper

Los sobres no tenemos la culpa. Somos fabricados con el más digno de los propósitos y absoluta vocación de servicio a la humanidad y no nos merecemos el pérfido linchamiento al que nos someten los políticos mezquinos y la Prensa de amarillismo atroz. Estamos hechos de buena pasta (celulosa 100% libre de cloro) y somos decentes cumplidores de nuestra misión comunicadora. La industria papelera nos fabrica cada año por millones y cumplimos a rajatabla las mil normas de la ética y la ley. Transmitimos alegrías y pesares, órdenes y resoluciones, portamos sentimientos desde la viejuna Europa a las estepas lunares de Oceanía. Así ha sido desde que el mundo es mundo y así consta en los anales, ejem, de la Historia.

Familiares míos vivieron una existencia provechosa y trabajaron para individuos de la más digna consideración. Ahí está mi primo, el sobre americano, el número 10, tan sobrio él, destinado a remitir correspondencia comercial, oficial y diplomática, afanoso y cumplidor, del que jamás hubo que decir una palabra más alta que otra. O el sobre cuadrado, el español, concebido para ser vehículo de las emociones, portador de las tarjetas de invitación, agradecimiento, citación o pésame. Conocemos también el sobre de ventanilla, más prosaico, que lleva en su seno facturas, avisos y notificaciones. Tan popular como el sobre de manila, empleado para enviar catálogos y revistas, forrado también con plástico de burbujas para embalar artículos sensibles. Y qué decir de los sobres de papel verjurado con solapa de pico, de tono tostado, como el que guarecían las cartas de la pasión que don Alfonso de Vargas enviaba a su pretendida doña María de la Sierra:   “Es mi afición tanta a vuesa merced que me abraso en amores”. ¡Ay, que me descuajaringo y se me saltan las tiras de goma arábiga!

Pero hay una nueva generación de sobres que han echado por tierra el buen nombre del oficio. Apenas son unos cientos, pero su comportamiento vil nos ultraja sin distinción. “Todos son iguales”, dicen las lenguas de tripe filo, a buen seguro las de adictos a las modernidades del correo electrónico, que se conjuran para acabar con la estela del papel. Porque son apenas unos cientos, esos de vida licenciosa, los que pervierten su primigenio objetivo para convertirse en instrumentos de maldad. Aquellos que envuelven dinero negro como el carbón: fondos de reptiles, comisiones de obras públicas, sobornos y sobresueldos de mandatarios indecentes que pululan por el fango de la infamia. El sobre, nacido para proteger las literaturas gloriosas o la información veraz, se hace cómplice de la corrupción que galopa y corta el viento. Cada vez que veo la foto de Bárcenas haciendo la peineta se me remueven las tripas. Cómo fue capaz de atiborrar a nuestros hermanos de billetes manchados de podredumbre para llenar los bolsillos de los amiguitos del alma. Y cómo se calló el cabrito (otros con más confianza le llaman el Cabrón) hasta que los jueces le metieron en el trullo. No hicieron falta rabos de pasa para activarle la memoria difusa y que cantara como Pavarotti.

Estamos sobrecogidos. Es poner la televisión y empezamos a temblar como flanes de huevo. Las ovejas negras de la familia siempre están en boca de todos. Que si Bárcenas repartía sobres a gogó a los capitostes de Génova con dinero pútrido de las catacumbas del sistema, que si Fulanito se lo llevaba crudo, que si Menganito más que aquél, pues mira que Sotanito, el que parecía bobo (y en verdad lo era)… Y luego llegó la vicepresidenta de España, con su voz estridente de gobernanta de hotel barato, y proclamó: “En mi puta vida he cobrado un sobre”. Menos mal que no se le ocurrió decir “en mi vida he cobrado un puto sobre”. Hasta ahí podíamos llegar. Le metemos una querella que cágate lorito. Seremos sobres, pero honrados.

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