Francisco Cisterna, Gatoto, Humor Gráfico, Número 3, Opinión
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Acero Solingen

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Gatoto

Pirineos se escribe con X. Hubo un tiempo gris, no muy lejano, donde los españoles sufríamos en silencio que lo verde empezara en los Pirineos. Eran los tiempos de “Enmanuelle”, del “Último tango”. De los tumultuosos viajes organizados a Perpignan para asistir a maratonianas sesiones X de sexo enlatado en celuloide. Las impías romerías a la capital del Rosellón francés rivalizaban con las piadosas peregrinaciones a la gruta de Lourdes. La cosa tomó tal auge que el cine patrio aprovechó la efervescencia del momento para estrenar una cinta con el oportunista y metafórico título de “Lo verde empieza en los Pirineos”. Para los españoles de entonces Europa representaba lo prohibido. Hoy es destino obligado para varias generaciones de expatriados económicos, hijos o nietos, tal vez, de Los Romeros de Perpignan.

Los gozos y las sombras. Con tales antecedentes, la entrada de España en el Mercado Común, así lo conocíamos, se antojaba como la ensoñación lejana de un país que empezaba a desperezarse. Una transición, dos reconversiones y varias convergencias después logramos derribar el muro y, de paso, blindar la democracia al incorporarnos a la obligada OTAN, primero y después, a la deseada CEE. Ya estábamos dentro. Ya podíamos disfrutar a perpetuidad de los encantos de Sylvia Kristel sin temor a un resurgir de banderas victoriosas. Lo verde ya no empezaba en los Pirineos.

Pero no todo fue gozar –o gosarrr, que diría un salsero–. El Estatuto de los Trabajadores quedó resentido de por vida –apercibido de muerte–, los sindicatos perdieron credibilidad y afiliados, y la herida abierta por la apresurada y traumática reconversión industrial no ha cicatrizado todavía en buena parte de nuestra geografía regional: Cartagena, Cádiz, Asturias… Todo gozo tiene su sombra, y más en un país tan soleado como el nuestro. Ya lo dijo Gironella: la sombra del ciprés es alargada.

Recuerdo que por esta época empezó a murmurarse de la Europa de los Mercaderes. Quizá una frase crítica acuñada en los cenáculos contrarios a la integración o un crudo análisis del descarnado y descarado mercantilismo que regía las relaciones entre los estados miembros. Viniera de donde viniera, acertaba.

El euro-gallo. La llegada del euro nos hizo soñar con una Europa fuerte y unida. Diez años después de su implantación, la eurozona padece una de las mayores crisis de la historia económica moderna. Lastrada por unas instituciones carentes de reflejos, montadas más para la tertulia de largo recorrido que para la toma rápida de decisiones, la Europa Unida vive sus peores momentos. Pagada de una banca ávida de beneficios a cualquier precio, y con el mayor desprecio por los países endeudados, asola el sur de Europa con disciplina prusiana. Látigo en mano –¡sálvese quien pueda!– flagela las pieles soleadas con un rigor que excede al meramente económico. Castiga una cultura de la que siempre ha disfrutado pero en la que nunca ha confiado.

Acero Solingen. En la España preeuropeísta poseer un instrumento de acero Solingen era una distinción. Los barberos mostraban su navaja de orgulloso acero Solingen. Las cuchillas de afeitar eran de acero Solingen. Los destornilladores, de acero Solingen. El acero Solingen era el acero de los dioses. Era el acero de las agujas utilizadas por los judíos para coserse la estrella de David en las solapas de sus chaquetas. La estrella amarilla de la ignominia.

En la España paneuropeísta, el afilado canto de acero Solingen del euro levita sobre nuestras cabezas y amenaza con guillotinarnos si desobedecemos las extenuantes consignas económicas de la dama de Acero Inoxidable, heredera del legado de otra dama del metal. Frau Merkel –a quien siempre asocio con el ciclista Eddy Merck, no sé por qué– está dispuesta a inundar los abarrotados comedores sociales del sur de Europa con los excedentes de las excelentes baterías de cocina alemanas; naturalmente, de acero Solingen. El merkentilismo es el merkentilismo… y nosotros, y nuestros hijos, y nuestros nietos, si Dios no lo remedia, vamos a lucir la cruz de acero del euro Solingen cosida a nuestra frente durante muchos, muchos años. Yes. Oui .Ya. !Oh là là! Donde estén los pucheros de barro…

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