Cipriano Torres, Humor Gráfico, Número 3, Opinión, Xipell
Deje un comentario

A pesar de ellos

Por Cipriano Torres / Ilustración: Xipell

Me importa una mierda las votaciones al parlamento europeo. Y me importa dos mierdas quién gane esas elecciones. Estoy escribiendo eso y yo mismo me sorprendo, y hasta me da coraje leerlo, como si lo hubiera escrito otro al que poder decirle que con los votos no se juega, que este país ha sufrido mucho, ha muerto mucha gente, le ha costado mucho recuperar ese derecho que fue arrebatado durante demasiados años de oprobio e ignominia, que hay que celebrar cada convocatoria, que no podemos mirar a otro sitio como si nos importara una mierda que los colegios abran en unas horas no para enseñar a los críos de este país sino para organizar con nuestra decisión por los votos nuestra convivencia. Pero es así. Eso es lo que siento. Siento que esta celebración de la ciudadanía ha quedado en una fórmula, en una trampa, en un resorte que legitima justo a quien uno desearía quitarse de en medio.

Cómo no recordar mis primeras votaciones como ciudadano libre, joven, muy joven, cómo no recordar aquel día en el pueblo, y los días previos a aquel 15 de junio de 1977 cuando la universidad y Granada hervían en reuniones, soflamas, esperanzas, lecturas, conferencias, concentraciones, conciertos, mensajes, cómo olvidar el momento en que salí de la casa camino de mi mesa electoral, que estaba en la Biblioteca pública, para echar mi primera papeleta a una cosa llamada urna, y cómo olvidar que caminaba casi flotando, como el que ha ganado una batalla y sale a la calle un poco chulito no sólo para celebrarlo sino para humillar con su gesto altivo a aquellos que sentían las votaciones como un fracaso, como una derrota, tragando saliva y aceptando la nueva situación como un mal que, por Dios y por España, tendría que ser reversible.
Desde entonces jamás he dejado de votar, algunas veces con una expresión que alguien popularizó dejando claro que votaba uno por un sentido de la responsabilidad que tenía que ver con el ciudadano y no con los partidos, es decir, votar tapándose con las manos la nariz para evitar el hedor. Ahora, en pocas horas, vuelven a llamarnos para que acudamos con nuestra papeleta a decidir entre una opción, otra, u otra y otra. Pero ya no es lo mismo. Hace algunas convocatorias que ya no acudo a las urnas con la ilusión de la primera vez sino con la sensación de ser un iluso. Y es terrible. Casi lo están consiguiendo. Esa tercera persona un poco borrosa de la que hablo –lo están consiguiendo, vuelven a llamarnos– tiene nombres, y apellidos, y siglas políticas, y caras y jetas y ladrones y aprovechados y corruptos e indecentes y mentirosos y sinvergüenzas.

La política se ha convertido en una profesión, y los políticos en una casta. Esta gente ha conseguido que los veamos no como la solución sino como un problema. Por eso, cuando en La Sexta vemos que Jordi Évole habla en Salvados con José Mújica, el presidente de Uruguay, uno, en casa, se emociona escuchando a este mandatario que vive como piensa y piensa como vive dando como resultado un tipo coherente con el que la política se ennoblece porque no la usa a su servicio sino para servir a los demás. Ahora nos llaman para que votemos porque en Europa se deciden más asuntos nacionales de los que nos creemos, y seguro que es así. Pero tú miras alrededor y te dan ganas de salir corriendo con la papeleta en llamas para encender un porro y alegrarte el día. Los candidatos están en su lío, en su guerra, en sus disputas y sus prebendas.

Aún así, a pesar de ellos, iré a votar. El voto es lo único que nos queda. Y por supuesto que me importa las elecciones al Parlamento Europeo, y por supuesto que me importa mucho más quién las gane. Cuando Bertolt Brecht hablaba de los indiferentes, de los que se abstienen, de los que aseguran que no les importa la política, estaba hablando de los que consienten y alimentan y legitiman con su errónea postura al corrupto y al sinvergüenza que está ahí para servirse de ella. Claro que hay que votar, y reventar las urnas con nuestra voz. Es verdad que sea cual sea el resultado será interpretado con legitimidad democrática por los partidos aunque la abstención alcance el filo de las nubes. Estoy convencido de que la mayoría de quienes se queden en casa lo harán porque están hartos de sentirse estafados, pero los bribones de la política ya tienen decidida su lectura, se abstienen porque están de acuerdo con la mayoría. Chúpate esa, votante. Soy de los que están incapacitados para votar a la derecha. Jamás la he votado y creo que jamás la votaré. Así será ahora también. El domingo, a pesar de los políticos que me estropearon la ilusión, iré a votar. Con rabia, casi gritando, pero no puedo quedarme en casa ni como cobarde ni como cómplice ni como vencido. No con mi voto.

En Villanueva Mesía. Granada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *