Editoriales, Humor Gráfico, Jordi Marquina, Número 1
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Quinientos imputados, solo 20 encarcelados

Gurb

Editorial

9 de mayo de 2014. Los últimos sondeos del Centro de Investigaciones Sociológicas revelan que la corrupción y el paro son los dos problemas que más preocupan a los españoles a fecha de hoy. Y no es de extrañar. En apenas cinco años, los escándalos de corrupción se han multiplicado, salpicando a todas las instituciones básicas del Estado, incluida la hasta ahora intocable Casa Real. Esta situación de degradación política, social y moral que sufre nuestra todavía joven democracia solo es comparable a la que se vivió en los años de descomposición del gobierno de Felipe González. A los tristemente célebres casos Filesa, Roldán, Conde y Mariano Rubio, que generaron ríos de tinta en aquellos tiempos, le siguen ahora los Gürtel, Bárcenas, Blesa y Urdangarín, demostrando aquella máxima de que cada época lleva implícita, en su seno, su propia corrupción.

Hace falta estar ciego para no ver que hoy, en España, allá donde se mire, hay mucha corrupción, y que la corrupción se ha convertido casi en un sistema de gobierno, en un régimen político, en una forma de vida. Corrupto es el banquero que estafa a una enferma de alzheimer colocándole unos bonos basura; corrupto es el alcalde que da la mordida adjudicando el plan urbanístico de turno; corrupto es el cura que, sin vergüenza cristiana alguna, se mete a gerente de caja de ahorros para forrarse; corrupto es ese empresario que nos exige trabajar más y cobrar menos mientras él se lo llevaba entero, mayormente a Suiza; corrupto es el tesorero que cifra en B, el político que se deja comprar por unos cuantos trajes y pantalones, el diputado que se embolsa una dieta por alojamiento cuando tiene pisos a mansalva en Madrid, el sindicalista que trinca unas perrillas con los cursitos de la UE, el fulano aquel del caso Brugal, el del caso Malaya, el del caso Matas, el del caso Rasputín, el del caso Campeón, el del caso Pokemon, el del caso Guateque y una larga lista de casos con nombres a cada cual más ridículo, que es que todo el país es un formidable y gigantesco caso en sí mismo y el ciudadano se ha perdido ya con tanto caso. Antes estallaba un caso y temblaba España. Hoy es que los casos brotan y pululan como setas a lo ancho y largo de la piel de toro y a nadie le extraña que el vecino del quinto, con la pinta de bueno que tiene, esté metido hasta el cuello en un caso. España es la segunda nación del mundo en la que más ha aumentado la percepción de la corrupción, por detrás de Siria. En nuestro país hay más de 500 cargos públicos imputados en algún proceso abierto por escándalos políticos. El cínico oportunista opinará que podían ser más, pero el buen ciudadano, el ciudadano honesto y responsable, pensará, no sin razón, que son sin duda demasiados. Un país democrático serio debería depurar sus manzanas podridas porque de no hacerlo el cesto se le llenará de gusanos voraces dispuestos a socavar todo el edificio de derechos y libertades que con tanto esfuerzo hemos construido en las últimas tres décadas. Es ahí donde debería intervenir un poder judicial fuerte e independiente, pero lejos de ello el ciudadano asiste con estupor a la imagen del derrotado y procesado Elpidio Silva, el juez que se atrevió a meterse con los capones de nuestro sistema bancario y terminó trasquilado. Algo así como el cazador cazado.

En el extranjero se ve al español como un fenicio por naturaleza, un ser proclive al trincamiento con alevosía y premeditación, una raza adicta a meter la mano en el cazo porque lo lleva en sus genes colectivos. Cinco de cada diez alemanes desconfía de España, según refleja el Barómetro de la Marca España del Real Instituto Elcano. Un pueblo no puede, no debe, bajo ningún concepto, conformarse con esta imagen negra que se proyecta fuera de sus fronteras. En estos años de democracia no hemos sabido romper con viejos tópicos, como que somos un país de tradiciones que vive de la empresa nacional, o sea del chanchullo y la corrupción, un país que, aunque ha avanzado mucho, todavía no ha conseguido soltar todas las amarras con el antiguo régimen franquista, que aún palpita vivaz en algunas instituciones importantes del Estado. En Europa no se nos ve como ciudadanos laboriosos y trabajadores, sino más bien como una tribu de aprovechados que subsiste gracias al maná de las subvenciones de Bruselas y hasta se emiten programas de humor que ridiculizan al europeo enviciado ése que vive al sur de los Pirineos. Ya no se habla del milagro económico español (un falso milagro construido como un castillo de naipes a golpe de ladrillo y pelotazo) en buena medida porque el sistema se ha podrido por dentro por culpa de la corrupción. Nepotismo, enchufismo, soborno, prevaricación, tráfico de influencias, prebendas, comisiones, tajadas, son conceptos tan arraigados en nuestra cultura hispana que pasarán años antes de que nuestra sociedad pueda librarse de ellos.

Los escritores, humoristas gráficos y fotógrafos de Gurb hemos dedicado todo nuestro esfuerzo y empeño a este primer número sobre la corrupción, una palabra maldita que hemos interiorizado a fuerza de escándalos, una palabra que ya forma parte de nuestras vidas culturales, como el fútbol, la paella, el sol, la fiesta, la playa y los puentes-acueductos de Semana Santa, una palabra con la que hemos aprendido a convivir como si se tratara de una mala posguerra, de un mal reuma, de una maldición bíblica. Estamos tan estragados de corrupción que esa palabra ya ni nos impone respeto ni nos da miedo. Riamos pues.

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