Cipriano Torres, Número 0, Opinión
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Mamá, ahí dejo el dinero

Por Cipriano Torres

Recuerdo el frío en la punta de los dedos, en la nariz, la tiritera en el cuerpo tan temprano, cuando apenas había despuntado el día y mi abuelo me subía al mulo camino del olivar. Y recuerdo que la bestia resoplaba subiendo el cerro y su vaho se mezclaba con el mío. La tierra debajo de los olivos estaba dura, helada, y mis dedos de jovencillo tenían que escarbarla hasta arrancar las aceitunas que iba echando en una espuerta. Lo mejor del día, cuando ya abría el sol, era ponerse a la recacha y abrir la talega para comernos el remojón de patatas cocidas, naranjas, aceitunas verdes, huevo duro y aquel bendito chorreón de aceite untuoso que tanto me gusta rebañar con el pan.

Aquello era un trabajo, claro, pero para mí era un castigo, algo que no entendía, o sí, y sólo era comprensible porque mi familia no era rica y yo no podía quedarme en la cama en vacaciones de navidad como seguro hacían otros chicos de mi edad que eran de la capital. En los veranos pasaba igual. Echaba jornales, como un hombre, cortando cebollas o cogiendo tomates y notando cómo los riñones me echaban fuego. Aquel dolor, aquel sofoco aumentaba con el picor en la piel por el salitre de las plantas cada vez que tratabas de retirarte de la frente el sudor, pero todo desaparecía cuando llegaba a mi casa y ponía en la repisa de la chimenea lo ganado en la semana y mi madre, orgullosa, guardaba el dinero.

Luego, de adulto, cuando ya empecé a trabajar sabiendo que tendría que hacerlo hasta que me jubilara –ahora, viendo lo que veo, asistiendo atónito a la estrategia de un Gobierno al servicio de banqueros y empresarios sin escrúpulos que entienden esta época como la de su gran oportunidad para rebanar derechos, sueldos, y conquistas, me pregunto si sólo hasta que me jubile–, vinieron más trabajos, es decir, vinieron los trabajos, la auténtica conciencia del peón, del asalariado que vende su esfuerzo físico o intelectual por una cantidad de dinero, imprescindible para vivir. Da igual que fuese de camarero en un restaurante de comida armenia, como maestro en una escuela privada, como redactor de un periódico provincial, o como director de un programa de radio. Incluso de autónomo como columnista tengo conciencia de peón, de asalariado.

El trabajo, la honradez, y la dignidad son conceptos que para mí van juntos. Jamás he sentido vergüenza por ninguno de los trabajos que he hecho ni la sentiré por los que quizá tenga que realizar. Jamás. Pero sí me sentiría en cueros, avergonzado, traicionando las ideas por las que se movió mi familia, si me pillaran en falta de honradez. Es decir, soy un capullo. Lo que hoy tengo se lo debo a mi trabajo, pero sé que podría tener más –sí, hablo de posesiones, de dinero, de un futuro más despejado– si no fuese tan gilipollas y hubiese aprendido a aguantar. Pero no. He aprendido algunas cosas, pero que el dinero está por encima de todo y todo lo justifica, sigue sin entrarme en mi cabeza. Por eso, si me creo el trabajo, me doy entero. Por eso, cuando no me lo he creído y me parecía que estaba engañando a quien me pagaba, he dejado el trabajo.

Mientras escribo esto me entero por el digital infoLibre de que hay un tipo en España –no es el único– que gana 6.500 euros al día, sí, al día. Se llama Borja Prado, y es presidente de Endesa, la misma compañía que le corta la luz a una familia por no poder pagar la factura ya que ninguno de sus miembros está trabajando. Da igual que haya niños, da igual que haya personas mayores. La luz se corta. No puede haber excepciones. La empresa ha de seguir adelante, es decir, ganando dinero para poder seguir ganando más dinero. Visto así, el trabajo de Borja Prado, los 6.500 euros al día que se lleva a su casa, es poco dinero. Gana una miseria. En el Día del Trabajo hay pobres trabajadores como Borja Prado, y los sindicatos no deberían de tratar de igualarnos a todos si ello supone despojar a nuestras conciencias de paz, tranquilidad y orgullo.

Los 6.500 euros al día que gana el presidente de Endesa le puede parecer a alguien una obscenidad que forma parte de una legalidad enferma y putrefacta, a mí también, incluso me da vergüenza y rabia vivir en una sociedad así, pero al mismo tiempo –hay que recordar que soy un cretino y un perfecto gilipollas en según qué cuestiones– rechazaría ganar ese chorro inmundo de billetes porque no sabría cómo explicarle a mi madre, cuando tuviera que poner el sobre tan lleno sobre la repisa de la chimenea, de dónde, cómo, y a costa de quién un peón ha ganado tanta pasta.

En Villanueva Mesía, Granada

1 Kommentare

  1. sofas hosteleria dicen

    Me ha encantado vuestro post y me ha sabido a poco pero ya sabeis lo que dice el dicho “si lo bueno es breve es dos veces bueno”. Me gustara volver a leeros de nuevo.
    Saludos

    sofas hosteleria

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