Javier Montón, Número 0, Opinión
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Los expertos

Por Javier Montón

Suenan trompetas de gloria. Avezados expertos anuncian que lo peor ya ha pasado, que la tormenta económica que ha deslavazado España hasta acercarla todavía más a sus vecinos africanos es cosa del pasado y que todos los indicadores marcan la misma dirección: nuestro país regresará a la primera división de la economía mundial, al grupo de las potencias. Pintaremos algo. Volveremos a cortar el bacalao. Que, bueno, que sí, que tendrán que pasar algunos años y el sufrimiento de los de siempre aún habrá de durar. ¿Pero qué proyecto sólido se gestó en un plis plas? Y yo, experto en nada aunque opinador de todo –al fin y al cabo, cuál si no es la esencia del periodismo, siempre que sea periodismo a lo que he dedicado la mitad de mi vida–, armado de la valentía que proporciona la ignorancia, siento que disiento del juicio de esas mentes preclaras, oráculos de la recuperación, especialistas en el arte del birlibirloque, porque, incapaz de ver un palmo más allá de mis gafas de miope, no tropiezo a mi alrededor más que con señales pesimistas. Seguro que no tengo razón y que mi juicio es demasiado personal, alejado de la asepsia necesaria para profundizar en esta materia tan prosaica. Pero lo que veo es, por ejemplo, a algún familiar, muchos compañeros, algunos amigos, descabalgados de la pasión que convirtieron en oficio por el simple capricho de un mindundi sin talla moral ni política que cerró una televisión pública que antes sus amigos violentaron hasta el vómito sin vergüenza ni responsabilidades. Me veo también a mí mismo, cuando me enfrento a un espejo, y el reflejo del cristal me devuelve el rostro de un parado de larga duración, uno de tantos vagos irresponsables a quienes el mercado laboral ha podido expulsar para siempre. Salgo de casa, bajo a la calle y, sin necesidad de extremar la atención, observo carteles de “se vende” –señores creativos: ¿para cuándo carteles de “se vendería”?– donde antes podía comprar carne, pescado, muebles o libros. Conozco enfermos graves sin recursos condenados a un final ignominioso, abandonados como están por una Seguridad Social que tiene cada vez menos de su nombre y se aleja a pasos de dinosaurio de su adjetivo. Si en su entorno no tienen a nadie en esa situación, busquen sus casos; aún quedan medios que no han renunciado a su obligación de informar: en resumen, ejercer el papel de mosca cojonera del poder dando la voz a la gente real. Sigo mirando en mi casa y veo a mis hijos. Y sufro. ¿Quién garantizará su educación, podrán labrarse un porvenir, ellos, que son diez veces más espabilados que su padre y seis o siete que su madre? ¿Se convertirán en carne de cañón del infraempleo, en piezas del engranaje que contribuyen a crear riqueza, pero sólo la de sus jefes? ¿Los arrojará este país lejos de sus fronteras, en busca de una sociedad medianamente seria donde puedan acercarse a la felicidad? Todas esas cosas pienso, pero sobre todo me atormenta una duda: ¿cambiamos en su momento de expertos, o aquellos gurús que negaban la burbuja inmobiliaria y el advenimiento del desastre con una contundencia digna de mejor causa siguen siendo los mismos? ¿Fueron relevados o continúan en sus puestos y son quienes ahora lo ven todo de color de rosa? ¿Tenían plaza fija? ¿Les llegó a alcanzar algún ERE? ¿No hay un hueco para ellos en los servicios públicos de empleo, antes de que también éstos se vayan al garete?

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