Número 0, Opinión, Xavier Latorre
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Juego de almohadas

Por Xavier Latorre

Adrián ha hecho hoy 21 camas él solito. Este joven andaluz aterrizó en Londres con cuatro o cinco palabras y un diccionario de bolsillo. En Huelva trabajaba de contable en una empresa vitivinícola hasta que le despidieron. Con un papel escrito en un inglés rudimentario y en una campaña puerta a puerta, como los políticos de antaño, consiguió un empleo de friega platos en un restaurante. Allí conoció la explotación extrema: el sueldo no le alcanzaba para pagarse los gastos y la jornada ininterrumpida de 9 a 5 de la tarde sólo le alcanzaba para chutarse una coca-cola entre plato y plato. Harto de todo, decidió cambiar de trabajo, buscarse la vida de nuevo. Algo completamente inviable en la actual España del paro masivo.

Para ello hubo de mentir a los de su curro para que le dieran de baja. “Me vuelvo a mi pueblo”, acertó a decirles. Y luego hubo de transmutar su currículo. El título de economista lo permutó por uno básico de graduado escolar, y su experiencia laboral la situó, mintiendo de nuevo, en hoteles de Punta Umbría. La cuestión es que ahora limpia habitaciones en un cuatro estrellas. Los mil euros al cambio le alcanzan justo para pagar los 300 de alquiler de una habitación compartida, la manutención –se pone hasta el culo de bollos gratis en el curro-, el transporte y las clases de inglés. En Londres, dice, es muy difícil aprender el idioma, está plagado de compatriotas por todas partes. Su orgullo le impide recibir dinero de casa. Tiene 25 tacos y quiere salir adelante por sí solo. Adrián dice que “esto está a punto de explotar”. Lo ve todo muy negro, muy chungo: “a los españoles nos miran mal. Aceptamos trabajos por debajo del salario de subsistencia para pagarnos al menos el cobijo”. Comienzan a estar mal vistos. La cantinela suena idéntica a la actitud que mantienen algunos españoles con sus inmigrantes. Añora jugar un partido de fútbol sala en su pueblo.

María Laura es amiga de Adrián. Ambos se conocieron en Ibiza durante unas vacaciones. Es colombiana tiene también veinte y tantos años, pero llegó a nuestro país de pequeña, cuando esto era una tierra de promisión. Es muy despierta y más culta que muchos nativos. Ha encontrado un trabajo en la hostelería de la costa valenciana. Una hora suya vale apenas dos euros y medio y debe completar jornadas de hasta 12 horas, las últimas cuatro ni se las pagan: es un sacrificio ritual a la misericordia del patrón. Con ese macro horario, esta joven no puede pasarse por un locutorio, estudiar un poco de inglés, ni siquiera darse un chapuzón en la playa en verano. La gente bien dice que esos inmigrantes se están aprovechando de todos nosotros y que nos quitan las ayudas sociales. “Muchos son unos holgazanes”, añade un exaltado de barra, que ya ha olvidado que en su pueblo la gente vuelve a enrolarse a la vendimia de Francia. “Nos están expoliando el tiempo”, cuenta María Laura a una compañera, que no sabe, no contesta. Le ha pedido a Adrián que le busque algo por Inglaterra. Sin embargo, su madre, Esmeralda, no quiere oír hablar del tema; no se imagina sola en Valencia ni tampoco haciendo de nuevo las maletas.

Agustín ha acabado Derecho y su correspondiente master. Su padre le pasa lo suficiente cada mes para sus gastos. Su familia no tiene problemas: Esmeralda, la colombiana, se cuida de todo, trabaja de doncella por un sueldo irregular en negro. El joven abogado, que ya ha rebasado la barrera de los treinta, suele colgar currículos por Internet, mientras se baja series americanas. Piensa que la vida es un chat y que su futuro está escrito en Linkedin. No sabe que será de él el mes que viene, pero sí sabía con certeza dónde iría ese próximo fin de semana. Había una convocatoria abierta en la red para acudir a la plaza mayor a una guerra de almohadas. Le dijeron que esas batallas se hacen simultáneamente en un montón de países del mundo. Le gustaba la idea. Sus amigos le habían subido una invitación. La delegada del Gobierno correspondiente haría, una vez más, la vista gorda con ese tipo de revueltas espontáneas. No multará a nadie, le traen sin cuidado esas guerras insulsas. Finalmente, el operativo se truncó. El sábado, Agustín se acostó tarde y se le pegaron las sábanas. La revolución global de los cojines deberá esperar otro año. Tras comerse la sopa boba, ha visto las jugadas más interesantes en YouTube; y la verdad, se ha tronchado de risa. El “subversivo” Agustín se ha echado poco después una buena siesta. Las horas, para él, no valen nada. La cama se la volverá a hacer Esmeralda.

1 Kommentare

  1. Diego dicen

    Qué gran verdad Xavier. Estoy muy orgulloso de mi amigo Adrián y de otros tres que están pasando por lo mismo. Y tampoco quiero olvidarme de aquellos que, aunque sin salir de España, se buscan la vida fuera de casa (como es mi caso). A todos ellos, espero que un día les llegue su más que merecida recompensa.

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