Ecto Plasta, Número 0, Opinión
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El trabajo en los tiempos de las máquinas

Por Ecto Plasta

El comienzo del siglo XXI no ha venido con un pan debajo del brazo, más bien lo contrario. Crisis mediante, la sociedad occidental, lo que llamamos Primer Mundo, está viendo peligrar el denominado Estado del Bienestar. Y es que nos hemos empeñado en construir un mundo automatizado que nos librase del trabajo duro, pero en el camino hemos olvidado, mejor sería decir que nos han hecho creer que no es posible, formar la sociedad utópica a la que esa automatización debería llevarnos. Una sociedad libre, pacífica y sin clases.

El voraz capitalismo, el llamado neo-liberalismo económico –que no político–, en esta España que nos toca vivir, nos hacen retroceder a pasos agigantados hacia principios del siglo pasado; se está encargando de dejarnos muy claro que la mano de obra, a no ser que sea a precio de ganga, ya no es necesaria.

Nuestras fábricas están automatizadas y la parte humana, a la que las máquinas todavía no han conseguido sustituir, es realizada por gente en el umbral de la esclavitud. China y la India son claros ejemplos de empleo precario con grandes jornadas laborales, bajísimo sueldo y a veces (más de las que nuestra conciencia nos permite admitir, por aquello de poder conciliar el sueño y conservar un buen estado de salud) trabajo infantil. El operario del primer mundo ya no es necesario, es una carga económica insostenible en un mundo empresarial consagrado a obtener grandes beneficios. Demasiados casos conocemos de empresas que despiden a sus trabajadores porque los beneficios no son suficientemente altos. En esa carrera por ser el primero de la lista Forbes de los más ricos, el Capital ha preferido construir una sociedad de novela futurista apocalíptica, llena de pobreza y altamente clasista; y el proletariado, esa palabra tan en desuso, que hasta suena a comunismo nostálgico de libro de historia, lo hemos aceptado sin apenas oposición. Las grandes corporaciones son las que administran y dirigen el futuro de los países, sus economías, y por tanto el de las gentes que los habitan.

Pero lo peor es que estamos tan sumidos en nuestro papel, tan inmersos en el consumo, en la apariencia y en el querer constantemente más, que compramos masivamente y dirigimos ese consumo a modelos de negocio que eliminan puestos de trabajo necesarios. Internet es, como dicen los emprendedores 2.0, el nuevo paradigma. La música, las películas, la literatura (piratería aparte) se consume de forma electrónica. Las fotografías ya no se revelan, ni se imprimen, se suben directamente a la Red. Empieza a haber cajas automatizadas en las grandes superficies. Los almacenes son gestionados por ordenadores y robots mucho más rápidos y eficientes. En breve será normal hacer la compra mensual con nuestro móvil. Nuestra vida comienza a estar en la nube. Las Redes Sociales son un Gran Hermano amable que cada vez sabe más de nosotros y de nuestros gustos.

Nosotros mismos nos hemos olvidado de lo que somos (trabajadores), abarrotamos centros comerciales en domingos y festivos y nos olvidamos de las condiciones de trabajo de las personas que nos atienden. Hoy en día esos puestos no son ocupados por nuevos empleados contratados para desarrollar esa actividad, sino que son los propios trabajadores, los de siempre, los que realizan el trabajo diario, los que hacen esas horas extras que ni tan siquiera se pagan como tal. Están obligados, y en la mayoría de los casos la coacción ni tan siquiera es necesario hacerla, viene implícita: «hay mucha gente deseando ocupar tu puesto». Los que conservan su puesto de trabajo, en definitiva, lo hacen a costa de más horas, más trabajo y menos dinero y los que no lo tienen se conformarían con la mitad de un sueldo digno con tal de volver a formar parte de la sociedad productiva.

Condenamos al inmigrante que nos quita los puestos de trabajo que nadie quiere sin darnos cuenta de que nuestros jóvenes, sobre todo los más preparados, tienen que emigrar, tienen que ser, a su vez, inmigrantes forzosos en otros países. Ningún gobierno parece querer (seguramente no sería capaz) cobrar altísimos impuestos a las grandes corporaciones para que todo ese dinero se reparta de manera equitativa. De reducir las jornadas laborales a la mitad o menos para que se dupliquen los puestos de trabajo. De no permitir el cierre o el traslado de factorías porque los beneficios no son suficientemente altos. La brecha cada vez es más grande. El dinero se acumula de manera desproporcionada. ¿Con qué objetivo? Parece que con el de alimentar al fantasma de la insaciable codicia.

Los optimistas dicen que esto se arreglará, que se crearán nuevos puestos de trabajo, pero lo cierto es que lo que la crisis está demostrando es que todo sigue funcionando de la misma manera que antes. No hay escasez de productos, ni de servicios, tan solo hay escasez de puestos de trabajo. La sociedad utópica en la que las máquinas trabajasen por nosotros parece que ha llegado, pero por el camino se ha preferido una cuenta de resultados lo más grande posible antes que las personas vivan con dignidad.

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