Jose Antequera, Número 0, Opinión
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El paseo

Por José Antequera

Primero de mayo. Nubes de un gris mustio, fragor de silencio en las calles de Gijón. Salgo de buena mañana con el pequeño Kosmo, que olisquea una florecilla aquí y otra allá, entre pis y pis al árbol de turno. Los proletas somos como ese árbol meado históricamente, meados por el poder, meados por el banquero, meados por el patrón. Solo que llega un momento en que el árbol se harta, lanza un grito de hastío, se pudre y cae. Pero es primero de mayo y aquí no pasa nada. Nadie diría que vivimos en un país con cinco millones de parados, cinco millones de carpantas esquineros. La revolución, en España, siempre se deja para pasado mañana.

Avanzo, doblo una esquina, tenso la correa del perro, que camina alegre y ufano agitando la colita. Atravesamos un parque soleado entre palmeras y magnolios, entre chopos y cedros. Piso el césped blando y aún mojado por el rocío. Luz lechosa, plácida y lenta serenidad. Todo está como siempre, salvo que es primero de mayo y uno de cada tres niños pasa hambre de verdad, uno de cada tres colegiales come el bocadillo mágico de pan aburrido, de pan solo de posguerra. Pensativo, camino junto al perro. La misma gitana enlutada que pide limosna; el mismo rumano tirando de pesados caballos; el mismo paisano dando cabezadas en la barra del bar, frente a un carajillo frío y olvidado. El país entero es ya como ese borracho comatoso y nocherniego que paga con largos bostezos los güisquis de la juerga pasada. A esta hora, en algún lugar de la ciudad, lejos de aquí, se escenifica la gran manifestación circense, feliz, colorista. Los pitos y las cacerolas, las pancartas y las consignas, los republicanotes de gorrilla y tricolor, los gritos inútiles, Mariano, cabrón, trabaja de peón. La misma rutina de siempre, el mismo ritual de cada año de unos sindicatos que chulean el dinero de las ayudas a mamá Bruselas. En la manifa se escupen cuatro insultos malos, se lee el manifiesto calcado del año anterior, se tararea de mala gana la Internacional, puño en alto pero sin enseñarlo mucho, y a casa a la hora del partido. Todo lo más una pintada con faltas de ortografía, un par de banestos reventados o el ojo a la virulé por una hostia infame de los maderos. Democracia amodorrada, precaria, anémica.

Sigo mi paseo matutino con el perro. Caminante no hay camino. Es primero de mayo pero, ¿por qué no pasa nada? Llego hasta la playa del Arbeyal, el mar vasto y brumoso, las grúas del puerto y los verdes acantilados derritiéndose a lo lejos. El perro se revuelca en la arena, satisfecho y ajeno, frente a los astilleros solitarios de los que antes brotaban hombres, barricadas, gritos gloriosos de hierro y de fuego. Ahora apenas quedan cuatro obreros reconvertidos en la nada que bostezan y martillean malamente contra el casco de un barco herrumbroso. La mina desmantelada, los astilleros en la puta ruina, los parados agotando las virutillas de la prestación, nuestros jóvenes cerebros haciendo las Américas, como nuestros abuelos de antaño. Los lunes al sol. Es ésta la España nacionalpepera que siempre va bien, la España que nos venden Guindos/Montoro, el rico más rico y el pobre más pobre, la España que nos vuelve a hacer argonautas gallegos por necesidad, la España tranquila y próspera que nos ilumina con el parte franquista de Ana Blanco y negro, la España del minijob, del minisueldo, del minipiso, del miniengaño, del minifuturo, de la minimierda. Ya es que ni disimulan los fulanos, se ríen del pueblo a mandíbula batiente y a Rajoy le delata el tic nervioso que se le coge en un ojo cada vez que echa un embuste económico. Que lo sepa, señor Rajoy, el pueblo está harto de sus mentirijillas, de su frenillo infantil, de sus chuches y de su pinta de interno flipado de colegio mayor. Es usted un Forrest Gump de la política, que lo sepa, solo que mucho menos guapo y menos simpático que Tom Hanks. Cuando los Bárcenas y Blesas de la vida le han robado hasta el último cuscurro de pan al pueblo, cuando nos vemos estragados de tanta falsa política, cuando estamos hasta las trancas de tanta macroeconomía insultante, se impone un giro social, radical, total. Basta ya de turnismos sagastacanovinos y de burócratas expertos en el masdelomismo. En España nunca se ha hecho la justicia social, ni mucho menos el socialismo, ni nadie se acuerda ya de lo que significa eso, decía el gran Paco Umbral. Pues es el momento de sacar del cajón el viejo manual engelsiano, de despertar de la siesta histórica, de dar un puñetazo en la mesa y decir que los trabajadores somos algo más que carne cruda para las fauces germánicas de la mala bestia Merkel. Porque es primero de mayo, coño. Y aquí no pasa nada.

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