Opinión, Vicente Marco
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DesamPARADOS

Mi amigo Eduardo decía que el trabajo era tan malo para la salud que siempre existía alguien dispuesto a pagar para que lo desempeñaras. Desconozco si se trataba de una reflexión propia o le llegaba de la sabiduría popular, pero según esa regla, ahora el trabajo no resulta tan nocivo como antes de la crisis. Y gracias a mi amigo Eduardo, el gobierno posee otro más de los tantos e incoherentes argumentos a favor de la reforma laboral: que contribuye a la salubridad del trabajador.

Pero ¿qué sucede con los desempleados? ¿Es aplicable el mismo razonamiento? Siguiendo el hilo deductivo, el parado mejoraría gradualmente durante los dos años de prestaciones hasta el clímax que es, precisamente, cuando deja de padecer la maldad de la contraprestación y se transforma en un ser incorrupto ante la vileza de ese sistema compensatorio.

En tal momento el parado engrosa una lista llamada “Parados de larga duración”, como si fueran incombustibles, entrenados expresamente por las fuerzas vivas para que aguanten las hostias vengan de donde vengan. Yo preferiría que esa lista —ya que es lista—, en vez de «Parados de larga duración» se acuñara con un término algo más bíblico: los desamparados.

El desamparado es alguien que poco a poco va perdiendo visualidad, como si gradualmente se difuminara porque se está borrando de este mundo. Si con el argumento de mi amigo Eduardo, con su particular lógica, se trata de un ser incorrupto, para el gobierno, incapaz de remediar los males de este molesto grupo que horada sus posibilidades de reelección, es uno de los potenciales habitantes de ese mar de aguas negras que es la economía sumergida en el que se baña la inmensa población del país en un totum revolutum en el que bracean junto a él, ministros, ex ministros, gorrillas, banqueros, ex banqueros, comisionistas, profesionales, partidos políticos, médicos privados, empresas, duques y condes, ladrones de guante blanco, prostitutas… con la única diferencia del volumen de los ingresos obtenidos.

Pero éste, el de la economía sumergida, es un desamparado con fortuna en comparación con un desamparado aún más desamparado o de un estadio superior. El desamparado que carece de posibilidad y los medios para zambullirse en ese mundo sin impuestos y boquea en la orilla, falto de oxígeno.

No hace falta ser economista y meter repetidamente la gamba en el mundo de la predicción de cotizaciones bursátiles y ciclos económicos, para comprender que cuando en la ecuación ingresos menos gastos el resultado es inferior a cero, la única palabra que puede definir con coherencia la situación es la de empobrecimiento.

Repetiré la ecuación en formato matemático, más visual, para que no haya lugar a dudas:

Si Ingresos – Gastos = Resultado negativo = Empobrecimiento

Esta obviedad, válida tanto si se habla de una gran multinacional, de la pequeña empresa, del autónomo, como de las arcas del Estado alcanza su grado de máxima crudeza cuando el desamparado camina, sin remedio, con los dos brazos extendidos, como un zombi, como un hipnotizado, dispuesto a traspasar un umbral: “El umbral de la pobreza”, que es como un pozo sin fondo con el centro de gravedad de un agujero negro y la voracidad de una planta carnívora que absorbe lo que encuentra a su paso.

De tanto en tanto, gracias a la labor altruista de un puñado de gente comprometida, que se agrupa en asociaciones benéficas, el desamparado atisba un rayo de esperanza. Efímero. Insuficiente. Alguien se acuerda de él. Alguien. Aunque sea un momento.

Después, de nuevo la nada y el silencio en ese lugar tétrico y oscuro y sin salida, donde el desamparado, tras toda una vida de trabajo y sacrificio, de contribución, de contraprestaciones exiguas para cubrir el daño que ha provocado en sus carnes el sistema, empieza a comprender una verdad terrible, una verdad propiciada por la naturaleza humana, una verdad insoslayable:

Que se ha quedado solo.

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