Humor Gráfico, Joaquín Aldeguer, Número 0, Opinión, Tonino Guitián
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¡Compra! ¡Vende!

Por Tonino Guitián / Ilustración: Joaquín Aldeguer

La cosa funciona así: observo, pero no interpreto, empatizo y no tengo perspectiva. Por eso estoy reñido a perpetuidad con el periodismo real, sin duda porque no es mi carrera y, a pesar de ello, he trabajado durante más de una década como periodista, primero en la categoría de redactor y luego como peculiar reportero humorístico, que no es una categoría sino una impostura. Así que el trabajo ha sido para mí, como para muchos, una quimera más que bíblica, rodeado de jefes de tantas índoles que incluso nos dieron para escribir un libro catalogando sus modus vivendi y peculiaridades, que todos sabemos que son variadísimas. La culpa de todo esto viene siempre de los trabajos que tuvieron nuestros progenitores. Mi madre tenía una tienda de compraventa, una especie de modesta tienda de antigüedades, y toda mi infancia la pasé viendo cómo se evaluaban los objetos.

Lo que aprendí es que las cosas no tienen valor, a no ser que a alguien le interesen. Cuando mi madre compraba un reloj de oro a bajo precio, yo pensaba que eso nos proporcionaría grandes beneficios, pero ella me miraba con candor y me explicaba que si nadie quería comprarlo no servía absolutamente para nada. Yo no sabía que eso podía pasar también con las personas, y concretamente con los trabajadores, pero se plasmó claramente la idea en mi mente cuando en el año 2003 los trabajadores de SINTEL le dieron –de manera muy pasional– con un palo en la cabeza a ese pedazo de secretario general de CC.OO, José María Fidalgo; y se ratificó cuando Urdaci tuvo la barra de vulnerar los derechos de la huelga y de la libertad sindical y excusarse llamando al mismo sindicato “cecé-oó”, como el título de una canción pop. Ya no hay trabajadores: como decía Risto Meijide, todos tenemos que ser un producto –a ser posible también pop– y sabernos vender. Yo, que me analizo mucho y comprendo el poco o mucho valor que tengo, según empatice a primera vista, tuve ofrecida la oportunidad de convertirme en uno de los productos laborales más curiosos que en este siglo se han dado: ser tertuliano. Los tertulianos son como los tacañones del “Un, dos, tres”, unos hombres y mujeres objeto disfrazados de muy serios, con bocinas y carracas para hacer ruido y torcer el rumbo del pensamiento, así que visto el plan me autodespedí, me hice un self-firing. Me acordé de los objetos de anticuario informativo, tan eternos, cogiendo su polvo, tan gratamente predecibles, sin tener tiempo de poder informar sobre lo que pasa en Sudán, en Líbano, en Siria, en Gaza, en Nigeria o en Rusia con sus disidentes, mandados a escribir palabras gloriosas y obvias, o a ofrecer declaraciones de intenciones hechas en cumbres de dudosa honradez, intenciones imposibles de cumplir, acuerdos bobos entre países deshonestos e inversiones supercalifragilísticas y lo que le quieras añadir después.

Yo estoy harto de manifestarme, cansadísimo, pero sí comprendo bien que es un deber, como ir a trabajar. Antes me metía todo excitado y emocionado con la respuesta de público que se anima a salir a protestar, y ahora me entran ganas de llorar, especialmente si me pongo cerca de una batucada, que están muy bien, desde luego, pero yo casi preferiría, puestos a escoger, un batallón de cornetas o de cornamusas o los mil gaiteiros de Fraga, que esos sí metían ruido, o cuando menos un batallón de tertulianos en cabeza de manifestación, echando sus sapos y sus culebras, para sumir en el terror a los ciudadanos. Lo que peor me sienta son los afectados por los recortes de educación y sanidad, esos profesores y esos padres con sus hijos y la pancarta me ponen del revés. Y ver tanta gente en sillas de ruedas reclamando lo que nunca se hubiera tenido que reclamar porque a algunos brillantes pensadores se les emperejiló que había que darle mucho más valor a las cosas que a las personas. Bonita tienda de compra-venta han hecho de este país.

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