Número 0, Opinión, Rosa Palo
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Carolina

Por Rosa Palo

Cantaban The Godfathers “Birth, School, Work, Death”. La vida resumida en cuatro palabras. Claro que eso fue en 1988, porque ahora, entre “School” y “Death”, habrían tenido que meter al Trío Lalalá haciendo un coro para llenar ese espacio. Porque, para muchos, entre la escuela y la muerte ya no hay trabajo. No hay nada.

Vivimos tiempos raros: los que tienen que trabajar para ganarse la vida no pueden hacerlo, y los que no tienen que pegar ni palo al agua no paran de currar, que no se le ocurra a usted decirle a la Lomana que ella es una desocupá porque le araña la cara con su manicura francesa. La plebe no trabaja, la jet sí. Trabajar se ha convertido en un must, en un lujo; trabajar es súper cool y mega guay para toda una generación de tontos del haba multidisciplinares que son a un tiempo DJ’s, bloggers y diseñadores, que lo mismo te pinchan un Led Zeppelin feat Los Marismeños que te sacan una colección cápsula, que a ellas por currar no se les caen los anillos de Tous by Eugenia Martínez de Irujo. Eso sí, no conocerá usted a ninguna que haya hecho Ingeniería Naval, aunque sea para poder elegir con criterio a los marineros chulazos que las van a pasear en yate desde Ibiza a Porto Cervo.

En cambio, como servidora no curra por imagen sino para mantenerse, aquí estoy amarrada a la tecla, haciendo más equilibrios que Pinito del Oro para entregar la columna a tiempo, que esto de escribir en casa con el crío de vacaciones es una maravilla: no veo yo a Vargas Llosa esbozando el personaje de Pantaleón con Doraemon de fondo, “ojalá mis sueños se hicieran realidad”, canta el puñetero gato cósmico; no, ojalá se hicieran los míos y te borraran de la programación infantil, que así no hay quien escriba. Y ojalá pudiera abandonar ahora mismo el ordenador, largarme a tomar cañas y convertir mi vida en un domingo perpetuo, como Carolina de Mónaco. Porque, para Carolina, todos los días son fiesta: Carolina de vacaciones en Gstaad, en Saint-Tropez, en Cerdeña. Carolina en el Baile de la Rosa, en el “Pachá III”, en el “Blue One” de Valentino. Carolina con Guillermo Vilas, con Vicent Lindon, con Robertino Rossellini (qué habrá sido de ti, Robertino, ¿te habrá dado un stromboli, que ya no te veo por ningún lado?). Carolina llevando a su máximo esplendor el elogio de la pereza, sin el más mínimo remordimiento, sin justificarse. Carolina no trabaja porque puede permitírselo y chimpún. Y que el currele sea tendencia entre las socialités se lo pasa por el mismísimo grimaldi. Que sí, Carolina, que es una lata el trabajar.

Pero si trabajar es malo, sólo hay una cosa que es peor aún: no trabajar. Nunca sabrás, Carolina, lo que es ganarse la vida, ni criticar al jefe en el bar, ni llegar un día con resaca, ni mentarle la madre a un cliente, ni aborrecer a un compañero con halitosis, ni salir los viernes de la oficina como si hubiera un incendio. Nunca te irás de cañas después del curro, ni tuitearás desde el trabajo, ni martirizarás a Peláez cuando pierde su equipo de fútbol. Tampoco sabrás la suerte que supone disfrutar de tu trabajo, aplicarte a él con meticulosidad, con gusto, con ganas, entregarte a una tarea, suspirar satisfecha cuando la terminas. Nunca sabrás lo que es currar porque no quieres. Pero hay casi cinco millones de españoles que sí quieren saberlo y no pueden. Y eso no mola.

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