Actualidad, Nacional, Número 2, Reportaje
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Mariano, El Liquidador (semblanza apócrifa corregida y ampliada)

gurb 2 Reportaje

J. Antequera. Fotos: Martínez/Guillén. Viernes, 16 de mayo de 2014

Suárez hizo la Transición; Felipe nos trajo la modernidad europeísta; Aznar nos metió de lleno en una burbuja tan feliz como falsa; Zapatero… (no sabemos muy bien qué hizo Zapatero); y Rajoy, sin duda, pasará por haber demolido el Estado de bienestar, por sus recortes tristes, por sus manostijeras. Por ser el Gran Liquidador.

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Mariano Rajoy Brey vio la luz por primera vez un 27 de marzo de 1955 en Santiago de Compostela, la tierra del santo patrón. Su más tierna infancia la pasó en Carballiño, hasta que su padre, juez de carrera, fue destinado a León y toda la familia se trasladó allí, donde el pequeño Mariano ingresó en los jesuitas y empezó a fumar sus primeros puros a escondidas de los curas. La educación escolástica recibida debió marcarle para siempre y hoy muchas mujeres pagan esos libros religiosos estudiados a conciencia por el señor presidente con leyes ultracatólicas como la del aborto. Compañeros de pupitre consultados por otras revistas (que no ésta) dicen que Mariano destacó enseguida por ser un buen estudiante y por su buen humor, además de por su memoria, vamos que el chico era un empollón y había que aprovechar ese filón generoso de materia gris. Con tanta capacidad retentiva (seguramente era capaz de recitar del tirón las poesías de Bécquer) la vida no podía llevarle a otro lugar distinto que a la Facultad de Derecho, donde se aplicó con rigor en el estudio del Código Civil, el Derecho Romano y otros tochos intragables, lo que marcó para siempre su carácter un tanto sosaina. De esta época universitaria nada se sabe, salvo que no se destacó precisamente por su beligerancia antifranquista ni por participar en movimientos subversivos contra el régimen del Tío Paco. Mariano nunca corrió delante de los grises, ni conoció las mazmorras húmedas de la Brigada Político-Social. Él siempre fue un buen chico. Limpio y educado, trabajador y de derechas.

Fotografía: Pedro Martínez

Al terminar la carrera (donde tampoco es que sentara cátedra ni doctrina sobre nada) se aplicó con tesón a las oposiciones de Registrador de la Propiedad, un proyecto personal excitante, emocionante (es sabido que todo niño, cuando le preguntan qué quiere ser de mayor contesta sin dudarlo que registrador de la propiedad). A los 23 años obtuvo la plaza y fue destinado a Padrón, donde unos pimientos pican y otros non. Y es precisamente en ese momento donde al gran hombre, al líder escogido por la Historia para las grandes obras, se le puede encontrar pegando sus primeros cartelillos de campaña electoral por Alianza Popular (dicen que animado por un buen amigo suyo, que ya se podría haber quedado quieto ese tal amigo y todos hubiéramos salido ganando). De modo que toma impulso y da el paso decisivo, el gran salto mariano. Se afilia al partido de Fraga (Don Manuel para los amigos, vasallos y acólitos), obteniendo el escaño de diputado al Parlamento gallego. En 1982 logra su primer puesto ejecutivo; en las elecciones municipales de 1983 es elegido concejal de AP por el Ayuntamiento de Pontevedra; y en junio de ese mismo año toma posesión como presidente de la Diputación Provincial, cuna de camastrones. La política local es dura, recia, llena de trabajo, traiciones y sin sabores, de modo que Mariano debió pensar: “Yo me piro a Madrid”. Dicho y hecho. En las elecciones de 1986 obtiene escaño en el Congreso de los Diputados como cabeza de lista por Pontevedra. No obstante, tuvo que dejarlo para hacerse cargo de la vicepresidencia de la Xunta, aunque tampoco le hizo ascos al puesto de registrador en Santa Pola, trabajo que alternó durante algunos meses (a nadie le amarga una chuche). A partir de ahí asciende como la espuma: presidente de AP-Pontevedra, miembro del Comité Ejecutivo Nacional con Aznar, vicesecretario general… Todo eso a principios de los 90. Las noticias de la época hablan de él como un político pragmático de talante abierto siempre empeñado en el “viaje al centro del partido”, que era como El viaje al centro de la Tierra de Verne, solo que más accidentado y con Fraga haciendo de dinosaurio. Parece ser que el centro centro no lo ha encontrado aún, anda más bien por la diestra, pero en el trayecto se ha tropezado con una buena caja de puros de la que no se aparta jamás y fumando espero al hombre que más quiero.

En 1996, a los cuarenta y un años, Mariano Rajoy contrajo matrimonio después de una larga soltería, lo que le había granjeado el apodo de «el soltero de oro» entre sus compañeros de partido. La ceremonia, que se celebró en la localidad de La Toja (Pontevedra), fue “discreta”, según fuentes consultadas de Sálvame de Luxe, y corrió a cargo de un cura anarquista, amigo de uno de los hermanos del contrayente, lo cual dio un toque surrealista a la boda que ni Groucho Marx. La esposa de Rajoy, Elvira

Fernández Balboa, trabajaba en el departamento de control del presupuesto en la cadena de televisión privada Antena 3 TV (que de momento no la han cerrado como Canal9). Ambos se conocieron en 1993 cuando veraneaban en la localidad de Sanxenxo, en la costa gallega, y se dice que el presidente terminó de enamorar a su prometida con su porte de “runner” elegante capaz de correr maratones infinitos por el macizo galaico, como un Forrest Gump de la política.

Sus ideas para las campañas electorales de 1996 (que dieron la victoria al PP) y para las del año 2000, debieron causar grata impresión a Aznar, que decidió nombrarlo, ay, ay, ay, ministro de Administraciones Públicas. Los funcionarios aún recuerdan con rabia y pesar el nombramiento de Mariano Manostijeras, ya que con aquellas políticas de austeridad y congelación salarial empezaron a perder poder adquisitivo desde ese mismo momento y aún no han levantado cabeza. Eso sí, los secretarios de Estado y otros altos cargos del Gobierno vieron cómo sus nóminas engordaban curiosa y sustancialmente. Otro milagro mariano, no cabe duda. Durante estos años pactó con los nacionalistas (hoy demonios con rabo y cuernos que quieren romper España) diseñó el nuevo sistema de financiación autonómica y rompió con los sindicatos (a esos rojos ni agua). Con tanta turbulencia, Aznar lo cambió de cartera y lo pasó a Educación, Cultura y Deportes, que ahí no había mucho que romper, todo lo más descender de categoría algún club de fútbol empufado o terminar de arruinarle la vida a algún pobre actor secundario sin trabajo (esos titiriteros que siempre montan el lío en los Goya). Sin embargo, un vez más, obsesionado por sus políticas de austeridad y tijera, ordenó una reducción en el gasto educativo público, mientras que aumentaban las subvenciones a la escuela privada. Ya se anticipaba, ya se prefiguraba, el Mariano Darth Vader que se iba escorando al lado oscuro, el Mariano de los recortes a destajo y sin paliativos que sufrimos hoy los ciudadanos. En los llamados “presupuestos marianos” de 2000, la enseñanza privada (en su mayoría colegios católicos) aumentó un 14 por ciento su inversión, por un 10 por ciento la educación pública. Solo un dato: con él de ministro las instituciones eclesiásticas educativas se llevaron el 85 por ciento de toda la inversión estatal destinada a la enseñanza privada concertada. Ahí es nada. Y de las becas ni hablemos. Expertos consultados por Gurb (todos ellos catedráticos jubilados y parados de larga duración) califican aquellas políticas universitarias practicadas por el entonces proyecto-de-presidente-Mariano de “harto cicateras”, ya que descendió la media invertida por alumno de 115.000 pesetas a 100.000 solo en el año 2000. Deporte y Cultura también sufrieron los efectos de la voraz tijera mariana, lo que le granjeó el respeto de sus compañeros de partido, que vieron en él a un hombre de hoja afilada dispuesto a recortar lo que hubiera que recortar con tal de llegar a la Moncloa. Se estaba gestando el estadista.

Tras las elecciones generales de abril de 2000 es nombrado vicepresidente primero y ministro de la Presidencia, en sustitución de Álvarez Cascos. Toma Mariano. De esta manera, Aznar cambiaba al dóberman fiero y salvaje que le había acompañado en el éxodo del felipismo por un caniche algo más amable, eso sí, de colmillo siempre retorcido. Al final, la carambola que lleva a Jaime Mayor Oreja a ser candidato a lehendakari pone a huevo a Rajoy el cargo de ministro del Interior, Aznar se lo concede y el gallego la sigue liando parda: aumenta la inseguridad ciudadana, más restricciones para los inmigrantes que llegan a España, ley de partidos, ilegalización de Batasuna y aumento de la tensión entre Madrid y el Gobierno de Ibarretxe. Cuando finalmente cesa en su cargo, todos los sindicatos policiales, de izquierdas y de derechas, en unidad de acción, emiten un comunicado expresando su “alegría” y su alborozo por su marcha y le acusan de haber abocado al Cuerpo Nacional de Policía a un conflicto “sin precedentes”. Ciertamente, Mariano también había dejado su impronta en los cuerpos de seguridad.

Ilustración: Jorge Alaminos

Y es que por donde pasa el presidente no crece la hierba. Es como un Atila con barba y puro. En julio de 2002 es nombrado ministro de Presidencia y Portavoz del Gobierno. Todo gran hombre tiene una piedra en el camino y la piedra de Rajoy llevaba un nombre premonitorio: Prestige. Es el peor momento de su carrera política. Aznar le encomienda que gestione la crisis tras el hundimiento del petrolero cargado de fuel y es ahí donde nace la leyenda del “señor de los hilillos”, los famosos hilos “como de plastilina”, que dijo él, y que en realidad eran unos chorracos de fuel que lo corroían todo y que llevaron chapapote hasta el último rincón del litoral gallego. El show de Mariano con el Prestige fue impagable, inédito, espectacular. Ruedas de prensa con declaraciones contradictorias; errores en la gestión cuando se dio la orden de alejar el buque de la costa; ministros que en ese momento trágico para el país estaban de placentera cacería; las movilizaciones ciudadanas, las lágrimas de miles de gallegos; el Nunca Máis; el peor desastre ecológico en la Historia de España. Pero Mariano, cuando se pone, se pone, y no iba a quedar ahí la cosa, sino que poco más tarde estalla la crisis de Irak y se convierte en fiel seguidor de las mentiras del Gobierno. Podríamos hablar aquí de las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron, de la foto de las Azores, de Aznar poniendo los pies encima de la mesa del rancho de Bush. Para qué, demasiado triste. Lo cierto es que el trágico atentado del 11M condenó al PP al ostracismo, dio la victoria a Zapatero y Rajoy pasó a ser el líder de la oposición, donde no se le vio poner ni un pero a las teorías conspirativas de Pedro Jota, vamos que calló como p…, es decir que Mariano dio por buena aquella trola de que Zapatero se puso un antifaz y colocó las bombas en los trenes para ganar los comicios. Por alguna razón, a Aznar le debió parecer que Mariano era el hombre adecuado para sustituirle en su desbandada americana, pero hoy esa amistad parece haberse roto definitivamente y ni siquiera se dan la mano en los actos oficiales, sea un congreso pepero nacional de ringorrango o un simple canapé. Ya no se ajuntan, vaya. Como todo buen político que se precie, Rajoy ha cumplido con la máxima freudiana de matar al padre antes de triunfar en política.

Tras la travesía del zapaterismo, tuvo que llegar el tsunami de la crisis para que Rajoy lograra su sueño dorado de alcanzar la Moncloa. En estos tiempos duros ha seguido al dictado las instrucciones de Bruselas y de la cancillera alemana Angela Merkel para intentar superar la recesión, recortando derechos en todas las áreas del Estado, especialmente en Sanidad y Educación, donde el país ha sufrido un retroceso más que notable. El paro sigue creciendo incontrolado y aunque el presidente continúa tirando de números macroecónomicos maquillados y del viejo manual del maestrillo, o sea de aquella frase manida que impuso Aznar (lo de que “España va bien”) lo cierto es que las desigualdades entre clases sociales aumentan por días, el número de pobres se dispara y la banca sigue ganando dinero a espuertas, aunque paradójicamente cierra el grifo de los créditos. ¿Y cuál sigue siendo el estilo de hacer política de Rajoy en estos años cruciales de crack económico? Dejar que las cosas se arreglen por sí solas, esquivar a los periodistas por los pasillos del Parlamento mascullando frases inconexas entre dientes, que si hace muy buen tiempo, que si tal o cual pregunta ya la ha contestado antes, que no molesten más, que está muy cansado. Eso, y dar ruedas de prensa a través del televisor de plasma para eludir las cuestiones comprometidas. “Yo solo digo algo cuando tengo algo que decir”. Ése es el gran lema de nuestro peculiar presidente, un presidente que solo da la cara cuando no le queda más remedio.

Será que en realidad, a fin de cuentas, Mariano no tiene nada que decir. Pues eso.

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